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Osvaldo Bayer dijo adiós y lo lloran la historia y la cultura

MURIO UN VALIOSO INTELECTUAL DEL CAMPO POPULAR

A los 91 años murió Osvaldo Bayer, un grande de la historia, las letras, la comunicación, la docencia y los derechos humanos. En suma un animal político de los muy buenos.
SERGIO ORTIZ
El último 24 de marzo, día de la Memoria, Verdad y Justicia, tuvieron que llevarlo en silla de ruedas. Pero él dio el presente como todos los años porque era una cita con los Derechos Humanos. Si alguna vez faltaba era porque estaba en Alemania, adonde residía algunos meses al año, y escribía desde allí sus columnas de Página/12. Entre 1976 y 1983 Bayer vivió su exilio en Alemania, habiendo sido amenazado de muerte a partir del gobierno interino de Raúl Lastiri, el yerno fascistoide del más fascista José López Rega.
El motivo de las amenazas fue el gran impacto social que tuvo la película «La Patagonia Rebelde» dirigida por Héctor Olivera, basada en su obra «Los vengadores de la Patagonia trágica» (cuatro tomos). Bayer había escrito el guión de la película y al igual que el director y los actores fue amenazado sino se iba del país.
El film recrea la histórica huelga de los peones en la Patagonia, en diciembre de 1921, tronchada por el Regimiento 10 de Caballería, a cargo del teniente coronel Héctor Benigno Varela, quien ordenó 1.500 fusilamientos. Esa pena de muerte fue autorizada por el presidente Hipólito Yrigoyen bajo el delito de «subversión».
El texto del historiador dejó al desnudo al Ejército como auxiliar de un gobierno fusilador, pese a su origen democrático y que paradojalmente terminaría en 1930 derrocado por esas mismas armas. Y, sobre todo, mostró los vínculos tupidos entre ambos y el verdadero poder detrás de bambalinas, en aquella época y ahora: la oligarquía. En ese tiempo, los estancieros británicos y algunos de doble apellido integrantes de la Suciedad Rural. En nombre de esos intereses antinacionales fue que Varela, magistralmente interpretado por Héctor Alterio, ordenaba fusilar mostrando cuatro dedos en alto: eran cuatro disparos para matar a cada huelguista.
Tanto derramamiento de sangre fue para acallar «a quienes pedían nada: 10 pesos más, dormitorios de a tres, que se tomen peones casados y. un paquete de velas». Para la oligarquía sonaron como una revolución bolchevique, triunfante en Petrogrado cuatro años antes. Y cuando se consumó el castigo, aparecieron en el film festejando a Varela en su cumpleaños con el «happy birthday to you». En inglés, como correspondía a los estancieros beneficiados por el temprano terrorismo de Estado.
Bayer contó que ese libro sobre la huelga patagónica le insumió seis años (en otro reportaje radial, habló de diez). Ambas cifras pueden ser correctas, pues al final «Los vengadores de la Patagonia trágica» fueron cuatro tomos. Era un hombre que tomó partido por los humildes y explotados, pero además era un estudioso. Investigaba y se basaba en historias orales y documentación concreta. Era todo lo contrario del «copia y pegue» de estos tiempos digitales.

Amor y odio.
Esa posición favorable a los trabajadores le atrajo el amor de amplios sectores populares, comenzando por esa peonada que inmortalizó aún en su dolorosa y sangrienta derrota. También se jugó por los pueblos originarios, y en el humilde periódico «La Chispa» que publicaba en Chubut en 1958 documentó los atropellos de los estancieros de 4 millones de hectáreas usurpadas contra las 625 hectáreas de Rafael Nahuelquir y familias mapuches en Cushamen. Es el mismo lugar donde 58 años más tarde la comunidad mapuche de Pu Lof en Resistencia Cushamen se volvería a levantar frente a los dominios de los Benetton. Allí encontraría la muerte Santiago Maldonado, joven anarquista de línea similar a la de Bayer, y sería apresado y luego extraditado a Chile y condenado a 9 años de cárcel el lonko Facundo Jones Huala.
¿Meras coincidencias o similitudes históricas? Sería hermoso preguntarle al historiador que partió el pasado 24 de diciembre, con 91 años a cuestas.
Ese amor también lo expresaron los organismos de derechos humanos, que en 1997 le concedieron un premio de las Madres de Plaza de Mayo, distinción que consideró como la mayor recibida. Sin embargo, como era un tipo de principios, en 2014 dijo que Hebe de Bonafini había perdido el rumbo al fotografiarse con César Milani, general de antecedentes de violaciones a los derechos humanos. «Lo digo con dolor, sí. Pero (Hebe) ha cometido muchísimos errores últimamente», añadió.
Bayer apoyó a Cristina en el enfrentamiento con los sojeros en 2008. También se ofendió cuando se quiso castigar en Néstor Kirchner por los pecados usureros de su abuelo en Santa Cruz, en la huelga de peones. Pero él era anarquista, no peronista. Y no perdonaba al general Perón sus definiciones falangistas (mucho menos el final derechoso de su gobierno en 1974) ni a Evita su discurso en España del 1 de mayo de 1949 elogiando a Francisco Franco y llamando a los trabajadores a obedecerlo. Por esas cosas los peronistas como Roberto Baschetti lo tildaron «gorila».
En 2010 hizo el guión del documental Awka Liwen (Rebelde Amanecer) sobre los originarios. Acusaba al general Julio A. Roca y la «Campaña del Desierto» de exterminar a esos pueblos, para favorecer a la oligarquía. Reiteraba que los Martínez de Hoz se habían apropiado de 2.500.000 hectáreas de ranqueles y mapuches, asesinados, cuyas mujeres e hijos fueron repartidos como sirvientes en Capital Federal.
Eso le costó en 2011 un juicio de dos Martínez de Hoz, cuyo retatarabuelo y fundador de la Suciedad Rural había financiado el exterminio. Pretendían refutarlo y sobre todo, una onerosa indemnización. No lo consiguieron. El historiador aportó las pruebas, además de mostrar el hilo sucio histórico entre José Martínez de Hoz y el superministro del terrorismo de Estado, José Alfredo. Les dijo que quien arruinó la reputación de la familia no fue él sino «Joe» e irónicamente sugirió que suprimieran el «de Hoz» y se quedaran como Martínez.
No sólo polemizó con fascistas y terratenientes. También lo hizo con progresistas y reformistas como Mempo Giardinelli en las notas de Página/12 en 1993 tituladas «Matar el tirano». Bayer comprendía la muerte de Varela a manos del anarquista alemán Kurt Gustav Wilkens y hubiera opinado igual de la muerte de Videla. Giardinelli no aceptaba matar a nadie, aunque apoyó al gobierno de De la Rúa que a diez días de asumir y por medio de Gendarmería asesinó en sus pagos a los cartoneros Federico Escobar y Mauro Ojeda, en el puente Resistencia-Corrientes.
Don Osvaldo abogó por bajar del más alto pedestal porteño al general Roca. No lo logró, pero instaló el tema a nivel político-social, saboreando que en ciertos pueblos se cambiara el nombre de calles y plazas que homenajeaban al genocida. Ahora se propone que algunas avenidas dejen de llamarse Roca y les pongan Bayer. «¿Por el laboratorio?». «No, gil, por el historiador».