Otra condena

La sociedad argentina, que se ha ido tornando más compleja con el paso del tiempo, alumbró en los últimos años un fenómeno muy singular: el agrupamiento de hijos y familiares de represores de la última dictadura. No se han reunido, como puede pensarse, para defender o justificar la actuación de sus parientes, despreciados por casi todo el complejo social del país, al contrario, los anima la voluntad de repudiarlos en su condición de personas y también, obviamente, de padres.
Acaso la psicología podrá esbozar la explicación de los procesos mentales, los ocultos mecanismos del subconsciente que llevaron a estas mujeres y hombres ya adultos a asumir de algún modo la inhumanidad de personas muy cercanas a su existencia y sentirse partícipes de una culpa en la que nada tuvieron que ver. No se trata de hacer psicología de café, pero la sensibilidad de quienes en esas épocas ominosas eran niños y jóvenes debió verse sacudida por una impresión muy profunda para que, ya mayores, adoptaran actitudes tan drásticas como la de renegar de sus familias y hasta solicitar y obtener el cambio de nombre y apellido.
Es un castigo más, y no el menor, para sus progenitores quienes mezclaron a sabiendas la obediencia con los peores delitos: la tortura, el asesinato y la sustracción de niños. La crónica de los años de plomo registraba ya casos paradójicos y patéticos, como el de aquel alto jefe militar que sufrió la desaparición de dos hijos.
Ahora, quienes se reconocen protagonistas pasivos e inocentes de aquellas atrocidades organizaron el Primer Encuentro Internacional de Familiares de Genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia, que incluye estudios, conferencias, exposiciones y presentación de libros. “En el marco de este gobierno negacionista -expresaron-, que no hace más que retroceder en materia de política de memoria y que puso a la orden del día las prisiones domiciliarias a los genocidas, queremos poder expresar y reflexionar sobre nuestro compromiso ético y social”. Nada menos.

Tortura en Malvinas
La desclasificación de los archivos oficiales sobre la guerra de Malvinas ha confirmado una infamia de la que había alguna certeza: los soldados argentinos -con notable déficit de entrenamiento y de equipo indispensable para enfrentar el clima extremo de las islas y un enemigo muy superior en armamento-, debieron sobrellevar, además del enfrentamiento con los ingleses, las torturas aplicadas por sus superiores.
Ya por aquellos años hubo claros indicios del maltrato que recibían los muy jóvenes soldados: en muchísimos casos no llegaban a sus destinatarios las encomiendas que enviaba generosamente el pueblo argentino y tampoco se aclaró nunca el tema de la apropiación de dinero y joyas al pasar por los estamentos medios y superiores. Es que muchos de los “héroes de Malvinas” no fueron tales.
Ahora se sabe que los castigos y torturas fueron crueles y variados; iban desde el estaqueamiento por horas bajo el tremendo frío hasta la discriminación por religión u origen étnico, pasando por enterramientos en fosas o brutales palizas por procurarse la comida que sus superiores nos les proveían. Algunos casos estremecen, como el del soldado que, por su condición de judío, fue orinado encima por orden de sus oficiales. Esas formas de “disciplina” recuerdan el rigor extremo del ejército prusiano del siglo XIX aunque, claro, sin su efectividad en el campo bélico. Por esas prácticas aberrantes fueron denunciados más de un centenar de oficiales y suboficiales.
Los daños y el abandono no solamente se dieron en el plano físico; se acaba de conocer una cifra estremecedora suministrada por las asociaciones de ex combatientes: los suicidios posteriores al conflicto ascienden a unos 500, una cifra no demasiado alejada de los 649 muertos en combate.