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Otra pústula

Todos los días una sorpresa nueva. Pareciera que no hay repartición pública que se haya salvado de los manejos turbios en el cuatrienio macrista. Organismos saturados de gerentes con suculentos sueldos, designaciones al por mayor -hasta en la AFI nombraron quinientos espías después de las PASO-, deudas siderales, facturas impagas con proveedores… Todo el repertorio de las malas prácticas fue agotado por quienes presumían de haber llegado al gobierno para «sanear» el Estado y «salvar» la República.
En las últimas horas se destapó otra olla maloliente: un acuerdo entre Aguas y Saneamientos Argentinos con el club Boca Juniors que era todo pérdida para la primera y todo ganancia para el segundo. La empresa del Estado aportaba una suma millonaria a fin de que el club cursara invitaciones para presenciar partidos en el sector vip de la Bombonera. El acuerdo fue firmado poco antes de las PASO, es decir en plena campaña electoral y nadie puede decir qué beneficio obtenía AySA con ese aporte dinerario que iba a parar al club que hasta hace muy poco conducía Daniel Angelici, amigo y exoperador judicial de Mauricio Macri.
Aunque más modesto, este caso tiene muchos puntos en común con otros más resonantes y onerosos para el Estado: Correo Argentino, Autopistas del Sol, soterramiento del Sarmiento, Parques Eólicos, etc. En todos ellos se reconoce la misma operatoria: maniobras que benefician a empresarios privados a expensas del tesoro público. Pero hay otro elemento en común, un detalle nada menor: el blindaje de los grandes medios porteños aliados desde siempre con el macrismo. Esa pata es imprescindible para explicar la impunidad con la que actuó el gobierno de Cambiemos en el armado de negocios muy lucrativos para un selecto grupo de compañías muy poderosas. No por casualidad esas grandes empresas figuran en el lote de los mayores aportantes privados a las campañas electorales del macrismo. En esas alturas del poder económico nadie pone mucho dinero si no le garantizan un buen retorno de la inversión.
Un periodista supo decir que el macrismo no llegó al poder para llevar a cabo un plan de gobierno sino un plan de negocios. Triste pero certera definición.

La ciencia atacada
Ningún país puede alcanzar niveles aceptables de desarrollo socioeconómico si no alcanza, a la vez, niveles aceptables de desarrollo científico. El paisaje internacional lo muestra con elocuencia. De ahí que es muy difícil de calificar como un «error» o una «mala praxis» el desfinanciamiento de la ciencia que promovió el gobierno de Mauricio Macri. No solo redujo en forma drástica el presupuesto destinado a esa actividad sino también el número de investigadores y becarios como así también sus remuneraciones. El retroceso que sufrió la ciencia en la Argentina con el gobierno anterior fue calamitoso; calificados científicos y divulgadores lo demostraron con datos concretos y lo padecieron en carne propia. Debilitar la ciencia fue una decisión de quienes confundieron un país con una factoría; de quienes promovieron la primarización de la economía despreciando el desarrollo tecnológico.
La reciente decisión del gobierno del Frente de Todos de recomponer significativamente las remuneraciones de becarios del Conicet es un buen paso en el camino de recuperar el tiempo y el terreno perdidos. Y estuvo acompañada de otra buena noticia: el lanzamiento de 400 nuevas becas que se agregan a las ya existentes.
Desde luego que no es la solución definitiva pero sí un buen paso en el sentido correcto. Las dificultades que hoy debe enfrentar el gobierno son bien conocidas, pero si Argentina había logrado -antes de la epidemia macrista- lanzar satélites al espacio y sumarse al exclusivo club de países que dominan esa tecnología, es porque tiene inteligencia y voluntad suficientes. Con esas materias primas y el imprescindible apoyo estatal, el partido vuelve a estar, al menos, empatado.