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Otra respuesta adecuada

A fines de marzo, y rindiéndose a la evidencia de la pandemia, el gobierno de Estados Unidos lanzó un ambicioso plan de estímulo a la economía nacional, con una inédita inversión de dos trillones (para nosotros, billones) de dólares.
A menos de dos meses, la conclusión es que ese enorme desembolso de fondos públicos no ha tenido los efectos deseados, en particular, en cuanto procuraba mitigar el desempleo que la crisis económica inevitablemente crearía. En apenas nueve semanas, treinta y ocho millones de personas solicitaron el seguro de desempleo, pero se presume que el número de despidos ha sido aún mayor, llevando la tasa de desempleo estimada para fin de mayo a alrededor del 20 por ciento.
Como ese dinero fue en su mayor parte a grandes empresas, en el Congreso estadounidense existen varios proyectos para reformular el plan de estímulo y dirigirlo directamente al pago de salarios, un sistema que, aseguran, ha tenido buenos resultados en otros países como Australia, Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania, Corea del Sur… y Argentina.
Entre nosotros es raro escuchar críticas a la política sanitaria seguida por el gobierno, que evidentemente ha logrado mantener la cantidad de contagios en cifras manejables para el sistema de salud, lo cual contrasta directamente con algunos países vecinos, notoriamente orientados a políticas neoliberales.
Sin embargo, no se ha señalado lo suficiente que, en la emergencia, la respuesta oficial al problema del desempleo ha sido también la más adecuada, como lo demuestra la experiencia internacional, y como ahora están cayendo en cuenta en la primera economía del mundo, que pese a contar con recursos casi ilimitados, igualmente ha fracasado en este punto. Muy por el contrario, se han alzado muchas voces afirmando -sin fundamento- que el gobierno descuida la economía, para no mencionar las teorías delirantes según las cuales todo esto formaría parte de «un plan para llevarnos al comunismo».
El programa de asistencia de emergencia para el trabajo y la producción, aún con sus dificultades y demoras, es una herramienta que permite preservar las relaciones de trabajo como parte sustancial de la economía, a la espera de que ésta pueda recuperarse tras la pandemia. De lo contrario el esfuerzo de reconstrucción sería aún mayor. La capacidad instalada ociosa (inmuebles y maquinarias) se mantiene, pero las relaciones laborales que se pierden son difíciles de reconstruir.
Prueba de ello es que son muchas las empresas que se han adherido, incluyendo varias de las más grandes, esas cuyos dueños ponen el grito en el cielo ante la perspectiva de que se los haga pagar un impuesto a la riqueza.
Lo interesante también es que el plan obliga a todas las firmas beneficiarias a abstenerse de distribuir utilidades o de hacer remesas de divisas al exterior. Y es que el programa es para preservar a las empresas (y su planta de personal), no para facilitar su vaciamiento.