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(Otra vez) es la ciencia, estúpido

DOMINICALES

Desde el jueves pasado el Dr. Anthony Fauci, un eminente epidemiólogo que asesora al gobierno norteamericano desde hace décadas, tiene asignada una fuerte custodia personal, ante las amenazas dirigidas a su persona por grupos de ultraderecha que lo acusan de comprometer la posible reelección del presidente Donald Trump. Fauci es el principal responsable de que actual mandatario haya modificado su postura con relación a las medidas necesarias para detener la propagación del Covid-19. Que aconsejar al presidente en base a sus conocimientos científicos haya puesto en peligro su vida, no deja de ser una metáfora del estado de cosas en EEUU.

Stupid.
Fauci, que sabe de lo que habla, no duda en calificar al combate contra la actual pandemia como una «guerra». Que en tiempos de guerra él, que es el principal estratega militar contra el enemigo virus, pueda ser asesinado por su propio bando, normalmente constituiría un caso de traición. Pero nunca hay que descartar la estupidez o la ignorancia como motivador de la conducta humana. Después de todo, estamos hablando de votantes de Donald Trump.
Para muestra basta un botón: una encuesta realizada hace días, entre consumidores habituales de cerveza -que los hay en EEUU- arrojó que un sorprendente 38 por ciento no consumiría «ni loco» la marca Corona (en inglés, «Corona beer» suena demasiado parecido a «Corona virus»). Créase o no, la compañía mexicana que elabora ese popular producto, acaba de parar su producción, entre otras cosas, por la baja en el consumo que le ha deparado su monárquico nombre.
Por supuesto, la planta también ha cerrado por las medidas de distanciamiento tímidamente dispuestas por el gobierno mexicano, pese a que podría argüirse, y con mucho fundamento, que la producción de cerveza es una actividad esencial y estratégica para la aburrida población en cuarentena.

Negación.
Sin embargo, peor que la ignorancia es la directa negación de la ciencia, postura que curiosamente sostiene, en bloque, el partido que gobierna allá en el Norte. Esto tiene directa relación con las iglesias evangélicas cada vez más poderosas, que le aportan un generoso caudal de votos a los republicanos. Y también tendría relación -aventura el premio Nobel Paul Krugman- con la increíble cantidad de gente que muere innecesariamente en EEUU.
Créase o no, en la educación pública norteamericana se debate si debería enseñarse la Teoría de la Evolución de Charles Darwin, uno de los pilares de la biología moderna, que ha sido objeto de reiteradas comprobaciones tras más de un siglo y medio de vigencia. No es un dato menor que durante las elecciones primarias que llevaron a consagrar a Trump como candidato, absolutamente ninguno de los precandidatos republicanos se pronunció a favor del evolucionismo como principio científico. Por suerte a los pastores evangélicos todavía no se les dio por discutir la ley de gravedad.
Esta actitud de negación de la ciencia se manifiesta crudamente en el debate sobre el cambio climático, otra tormenta en ciernes que cuando arrecie, promete ser una hecatombe comparable al Covid-19. Es claro que la cuestión del calentamiento global es resistida por la elites económicas por razones de avaricia, pero en el grueso del votante republicano, esta postura tiene relación con el rechazo de todo lo que provenga del intelecto, y por ende, desafíe la propia mediocridad.

Comunidad.
Igual, no hay que cargar las tintas sobre los pobres soldados cuando el supuesto comandante en jefe tampoco entiende que está en guerra, ni contra quién está peleando. Su insistencia en que el problema es un «virus chino» (¿tiene ojos rasgados?) y sus anuncios de que la vacuna será «americana» (a cuyo fin intentó sobornar a un laboratorio alemán para apropiarse de sus investigaciones al respecto) no hacen sino agrandar la confusión.
Lejos de toda esta pavada, la comunidad científica internacional hace rato que comprendió el escenario y su gravedad. Y lejos de las arengas patrioteras, las fronteras de la ciencia no se cerraron: desaparecieron. Nunca antes ocurrió que tantos investigadores a lo largo y ancho del planeta se concentraran al mismo tiempo y tan urgentemente sobre el mismo tópico, al punto que prácticamente todas las otras áreas de investigación han sido postergadas.
Y no sólo eso: la información científica es inmediatamente compartida a través de repositorios en internet, sin esperar los largos tiempos que demandan las publicaciones científicas especializadas, y sin reparar en los posibles beneficios de patentar descubrimientos o engrosar el propio currículum científico. Literalmente cientos de genomas virales han sido descubiertos y compartidos de esta manera.
Aunque no en la Casa Blanca, hay gente que nos defiende.

PETRONIO