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Otra vez la muerte silenciosa

La ciudad de Santa Rosa se vio conmovida por una tragedia que se llevó la vida de seis personas. Todas ellas fallecieron bajo el mismo techo, mientras dormían, por acción del monóxido de carbono. No es la primera vez que ocurre en esta capital un accidente fatal de esta naturaleza, pero sí que afecte a un grupo tan numeroso de habitantes de una vivienda.
Las causas son conocidas y fueron determinadas de inmediato por los peritos que trabajaron en la escena: el mal funcionamiento de calefactores alimentados por gas natural sin salida al exterior ubicados en un dormitorio y un pasillo. La combustión defectuosa de hidrocarburos genera gases tóxicos; uno de ellos, el monóxido de carbono es el causante de enorme cantidad de muertes en nuestro país y en el mundo. Se estima que los decesos por este agente encabezan el ranking trágico de vidas que se pierden por intoxicación.
Por tratarse de un gas incoloro e inodoro no es percibido por quienes son afectados por su presencia, de ahí su letalidad. Los santarroseños tenemos muchos y dolorosos recuerdos de episodios similares aunque no de la magnitud de este último.
La ausencia de un sistema adecuado de ventilación potencia la peligrosidad de las fuentes de calor alimentadas a gas. De ahí que los requisitos exigidos por las autoridades y las empresas distribuidoras del servicio sean tan rigurosos a la hora de aprobar una instalación. Pero ese elevado nivel de exigencia, paradójicamente, es el que conduce a muchas personas a obviar el trámite de la inspección cuando colocan en sus viviendas calefactores o cocinas alimentados a gas. Con cierta frecuencia esos trabajos los llevan a cabo técnicos improvisados, desprovistos de matrícula, que no reparan en el peligro y, a lo sumo, ensayan alguna recomendación verbal a los dueños de casa. Más de un caso fatal se originó en este tipo de conductas irresponsables.
Este nuevo hecho, tan doloroso por involucrar a tantas personas, niños y adolescentes entre ellos, debiera obrar como un llamado de atención. Pero no solo para las autoridades y los responsables de proveer el servicio, sino también para los particulares. La responsabilidad social y la individual están aquí íntimamente ligadas.
Esta situación de pandemia que estamos atravesando, y que ha modificado tan drásticamente los hábitos sociales obligando a largos períodos de confinamiento, debería operar como un generador de conciencia sobre estos riesgos que podemos correr. Por estos días han trascendido situaciones de tensión que se vienen registrando en algunas oficinas públicas, en donde algunos empleados han expresado su malestar frente a la obligación de ventilar los ambientes para reducir los riesgos de contagio por Covid-19. Este proceder no es, en el fondo, muy diferente de los asumen aquellos que aceptan correr riesgos innecesarios con sistemas de calefacción -y de ventilación- deficientes. Y no estamos hablando aquí de personas en situación de pobreza o indigencia que viven en condiciones de alta precariedad.
Aprender entre todos a cuidarnos mejor es, quizás, una de las asignaturas pendientes que por estas horas ha quedado de manifiesto con toda crudeza.