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Otra vez la prensa crispada

Los grandes medios porteños, los mismos que aplaudieron con fervor las políticas de Mauricio Macri, no dejan de sembrar cizaña en relación al gobierno del Frente de Todos. Siguiendo la línea del «periodismo de guerra» -así lo calificaron ellos mismos- desempolvaron contra la administración de Alberto Fernández las estrategias de desgaste que utilizaron con tanto ímpetu contra el gobierno de Cristina Kirchner hasta 2015. Una de ellas, quizás la más frecuente, es la proliferación de grandes titulares de diarios que no responden al sentido de lo que se escribe en el cuerpo de la crónica. El propósito es generar un alto impacto negativo frente a medidas o anuncios del gobierno apelando a la distorsión de la noticia. Se exagera, por ejemplo, la magnitud de un tributo, calificándolo de «impuestazo» o falseando su verdadero peso y, muy especialmente, el universo alcanzado. Como el paquete de leyes que envió Alberto Fernández al Congreso de la Nación, o el que está defendiendo Kicillof en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, buscan incrementar la recaudación entre los sectores más pudientes, chocan de frente con los intereses de clase de la prensa ayer oficialista y hoy opositora.
Fiel representante de la elite económico-financiera esa prensa grita su disgusto y no lo hace únicamente desde sus columnas de opinión tal como sucedía en otros tiempos en que el periodismo se ejercía con cierto apego al rigor. Hoy tales escrúpulos han desaparecido. Desde aquel intento fallido de promover una nueva Ley de Medios que reemplazara la que nos legara la última dictadura militar -con algunos retoques olvidables durante el período democrático- la prensa corporativa se sintió autorizada a desplegar su ya famoso «periodismo de guerra» que incluye la distorsión deliberada del contenido de una noticia y, llegado el caso, la mentira lisa y llana.
En este escenario las palabras y las cosas adquieren autonomía absoluta. El actual presidente puede formular un anuncio y luego debe emplear mucho más tiempo y esfuerzo en «aclarar» lo que quiso decir ante el pastiche que fabricaron estos medios con sus falseamientos e interpretaciones antojadizas. La relación entre el presidente y la vice es otra cuestión que concentra la enfermiza atención de este periodismo envilecido. No hay declaración o gesto que ensaye la presidenta del Senado que no tenga para estos medios una intención aviesa, que no esconda un puñal a espaldas del presidente y hasta de la propia República.
A pesar de este clima mediático agobiante, es probable que los ladridos de la prensa corporativa no hagan más que confirmar que el gobierno está dando los primeros pasos de su gestión en el sentido correcto. Pensándolo bien, sería mucho peor que les Fernández y sus actos de gobierno fueran agasajados con grandes elogios, como los que recibió Macri apenas asumió hasta que el mundo (o el FMI) se le vino encima. Conociendo los intereses que estos medios representan, ese sí hubiera sido un problema para los ciudadanos que confiaron su voto en un espacio político que prometió dejar atrás la receta neoliberal para apostar a la defensa de los sectores populares. Ergo, no deja de ser un consuelo.