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Otra vez las «relaciones carnales»

La antigua y saludable tradición diplomática argentina de respetar el principio internacional de no ingerencia en los asuntos internos de otros países y la autodeterminación de los pueblos fue borrada de un plumazo el martes cuando el presidente de la Nación salió públicamente a respaldar un nuevo levantamiento cívico-militar en contra de las autoridades legítimas de Venezuela, consagradas en elecciones libres auditadas por infinidad de observadores extranjeros.
Despegarse de aquella postura que han venido sosteniendo todos los gobiernos surgidos del voto popular independientemente de su pertenencia política es otra grave devaluación del estado de derecho protagonizada por un espacio político que llegó al poder con promesas de respetar la institucionalidad republicana. Ni siquiera el propósito propagandístico de distraer la atención del paro y movilización que tuvo amplia repercusión en todo el país puede aceptarse como excusa.
Lo peor es que ni siquiera es por propia iniciativa sino para colgarse de las solapas del gobierno de Estados Unidos en su furiosa ofensiva contra un país que posee las mayores reservas petroleras del planeta. El objetivo estratégico de Washington de apoderarse de esa enorme riqueza natural -apelando a la fuerza militar si lo considera necesario- no es un secreto para nadie.
Esta postura pasiva está colocando a la Argentina en una situación de vasallaje con respecto al Estados Unidos, del mismo modo que ocurriera en los años noventa del siglo pasado bajo el menemismo cuando se acuñara la expresión «relaciones carnales». Esta forma de «inserción en el mundo» es la peor de todas, porque convierte al país es una semicolonia, sin independencia en sus decisiones más importantes de política internacional.
Argentina, que se había ganado un lugar en el seno de las Naciones Unidas por defender posturas de respeto a la soberanía de los pueblos, hoy aparece degradada a mera sucursal diplomática del «vigía de Occidente» y se acomoda en el lote de países que se encuentran entre los más dependientes del Imperio: Chile, Brasil, Colombia y Perú. En cambio México, Bolivia y Cuba marcaron la cancha y mostraron una vigorosa independencia de lo que ordena el gobierno prepotente de Donald Trump. Incluso España, hoy gobernada por el socialismo que acaba de tener un buen respaldo electoral, puso distancia a lo que había sido la tónica bajo el Partido Popular con sus campañas de hostigamiento hacia el gobierno de Venezuela.
Para poner las cosas peores, ayer el secretario de Estado de la Casa Blanca volvió a enarbolar la posibilidad de una intervención militar. Manipulando las informaciones como ya es habitual en el gobierno estadounidense involucró a Rusia y a Cuba en una suerte de conspiración contra los supremos intereses norteamericanos y se permitió exhumar la doctrina Monroe, nacida en el siglo XIX como respaldo a la política ingerencista de Estados Unidos en su «patio trasero» latinoamericano.
La derecha empresarial que hoy gobierna la Argentina abrazó el neoliberalismo sin beneficio de inventario. No solo aplica a rajatabla su dogma económico sin reparar en el tremendo daño social que provoca, sino que también se colocó en la fila de países que no actúa en el plano internacional sin antes levantar el teléfono directo con Washington para recibir el instructivo que cada caso requiere.
Una intervención armada en Venezuela tendrá como resultado un baño de sangre. Para Estados Unidos no será demasiado problemático pues carga con infinidad de masacres en su haber: bombas atómicas sobre población civil en Japón, Vietnam, Guatemala, Granada, Irak, Afganistán, Siria entre tantos otros casos. Pero para un gobierno argentino, compartir responsabilidades de un alto costo en vidas en un conflicto armado fuera de sus fronteras es otra cosa.