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Otro llamado de atención

La crisis hídrica que está afectando a los ríos del centro-sur de Argentina se hace cada vez más evidente en los cursos fluviales de la Patagonia norte. Los niveles de disminución de los escurrimientos son de una magnitud tremenda: prácticamente la mitad de los caudales medios históricos.
Debe decirse que este preocupante escenario fue advertido antes que nadie por nuestra provincia, especialmente en lo que respecta al río Colorado y su aprovechamiento a lo largo de la cuenca que contempla obras y trasvasamientos y un informe de impacto ambiental que muy poco interesó a Mendoza y al resto de las provincias. Recién cuando la realidad las golpeó a partir de la bajante de caudales, sobre todo en el valle inferior del río, y se hizo notable la migración de agricultores hacia áreas de riego más seguras, allí parecieron comprender el riesgo hidrológico, tanto presente como futuro, con obras sin coordinación y escaso sentido integral de la cuenca.
El enfoque se ha visto reactualizado y agravado con las noticias que llegan ahora desde la cuenca del río Negro, que en los planes originales se contaba para compensar caudales a extraer del Colorado. Según los datos divulgados, el curso lleva actualmente la mitad de su media histórica (estamos hablando de casi mil metros cúbicos por segundo) y los ejemplos preocupantes se refieren a la pesca artesanal en sitios en los que antes corriente y profundidad no permitían entrar, la navegación con problemas en los bajíos y, muy especialmente, las tomas de agua para las poblaciones, muchas de las cuales, tanto en el río principal como en afluentes, tienen serios problemas de abastecimiento. La referencia corresponde al Comahue, con sus grandes represas vitales para la economía del país. El río Negro baja porque lo mismo hacen sus afluentes, grandes y pequeños, por los cuales, al remontárselos, se accede a una de las zonas más ricas en turismo de todo el país, que ahora pasa a tener un problema nada menor.
El sentido de esta columna no es solo destacar una peligrosa anomalía sino recordar que se trata de una cuenca lindante con la del Colorado y que la reducción de caudales no se verifica únicamente en este río. ¿Las razones? Los estudiosos apuntan ya casi sin dudas al cambio climático, más grave en nuestro río que se alimenta casi exclusivamente de glaciares, en tanto que el Negro tiene una cuenca muy beneficiada por las lluvias intensas provenientes del océano Pacífico. Quizás la evidencia más dramática y elocuente de la situación se advierte en algunas montañas chilenas en cuya parte distal, las calotas de hielo que las cubrían han dado lugar a que aparezca, por derretimiento, la roca que las sustentaba.
Más allá de los detalles geológicos y geográficos la ocasión parece propicia también para ajustar aspectos políticos; algunos antiguos como el desinterés por los glaciares de los Andes Aridos con las explotaciones mineras; o también la actitud mendocina para con los heleros del Colorado, río que, además, también favorece a la provincia de Río Negro.
Por qué, entonces, no aunar los enfoques interprovinciales en favor de los esfuerzos preventivos y armónicos con el cuidado del ambiente.