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Otro viejo problema

Cuando hace un cuarto de siglo se lanzó desde el gobierno provincial la construcción de un acueducto porque –se decía– la provisión de agua «no alcanzaba», tuvo lugar un interesante debate. Por un lado se advirtió sobre los riesgos de ingresar grandes volúmenes de agua a una cuenca cerrada como la de Santa Rosa y, por otro, se planteó la alternativa de traer el recurso desde fuentes subterráneas más cercanas –como el acuífero del Valle Argentino y otros– para abaratar costos y simplificar la ingeniería del proyecto. El gobierno optó por el acueducto y son bien conocidos todos los problemas que su deficiente construcción ocasiona periódicamente.
Cuando se puso en funcionamiento la obra poco menos que se abandonó el sistema de explotación del acuífero Santa Rosa-Anguil-Catriló y, además, la mayor presión convirtió en un colador a la red local de distribución de agua generando enormes pérdidas en el subsuelo, las que elevaron las napas freáticas provocando graves problemas en el sistema cloacal y en los cimientos y los subsuelos de buena parte de la ciudad.
A estas dificultades se sumaron otras, como la ausencia de una campaña intensa de concientización acerca de moderar los altos niveles de consumo, los cuales superan considerablemente las recomendaciones de los organismos competentes tanto nacionales como internacionales. Para peor los sucesivos gobiernos municipales, en una actitud claramente demagógica, nunca se tomaron en serio la imprescindible tarea de controlar y medir eficientemente los consumos domiciliarios de agua –del mismo modo que se hace con la energía eléctrica y el gas– lo cual promovió la cultura de la indolencia y el derroche.
Esta suma de factores adversos se conjugó para que hoy se diga, y con razón, que «en Santa Rosa no hay agua que alcance» cuando el calor aprieta y arrecian las mangueras para el riego y las piletas de todo tipo: grandes y pequeñas, de cemento, fibra o lona.
Los que conocen el tema vienen advirtiendo desde hace tiempo que la única forma de controlar los consumos irresponsables es a través de una firme política tarifaria que actúe de disuasivo castigando con severidad el derroche de un recurso escaso y caro como lo es el agua potable, que llega a la ciudad por un acueducto de centenares de kilómetros de extensión. Es cierto que desde hace unos años se viene intensificando la instalación de medidores y el reemplazo de los muchos que se encuentran inservibles. Es una tarea que deberá continuar hasta cubrir toda la ciudad y proseguir luego en los nuevos barrios que se incorporen. Pero una cosa es tener los medidores instalados y otra muy distinta llevar a cabo una política de control permanente que promueva pautas racionales de consumo a través de un cuadro tarifario diferenciado.
En la actual emergencia no está mal apelar a la «responsabilidad social» de los usuarios, pero solo si se admite que es un recurso político para salir del paso. En esta cuestión, como en tantas otras, la actual administración de la comuna santarroseña debe lidiar con un pasado cargado de malas decisiones. No es fácil revertir comportamientos sociales tolerados durante tantos años de desidia municipal, pero es imprescindible si queremos preservar el ambiente y cuidar los recursos naturales.