Para que se entienda mejor la economía

La mayoría de los programas televisivos suelen contar entre sus panelistas o invitados con especialistas en economía. Es entendible ya que esa actividad ejerce gran influencia en todos los aspectos de la vida social.
El problema surge cuando los economistas hablan en la jerga de la especialidad y su discurso resulta francamente inaccesible para buena parte de las grandes audiencias. En muchos casos suele obedecer a una estrategia aplicada con toda intención para no dejar en evidencia lo que realmente muchos de ellos piensan. Otros más sinceros, en cambio, han advertido sobre el uso taimado de esos malabares dialécticos para señalar que, cuando un economista habla sin ser entendido es porque, ex profeso, busca esconderse detrás de una intrincada verborragia porque de algunas cosas, mejor no hablar.
Por esa razón resulta digna de destacar la actitud de un dirigente social que fue invitado a participar en uno de esos programas de TV y, ante la apabullante terminología técnica que buscaba enturbiar el debate, prefirió utilizar un índice económico de muy fácil interpretación: el consumo infantil de leche en nuestros días. En tal sentido expresó que el precio de ese producto fundamental de la canasta alimentaria familiar se había disparado con la inflación a valores tan altos que terminó convertido en un componente cada vez más escaso en la dieta de los niños que pertenecen a los sectores más humildes. Amplió el ejemplo señalando que el precio de ese alimento vital aumentó mucho más que el promedio de los salarios de los trabajadores, con lo cual en no pocos hogares su consumo ha descendido a niveles preocupantes. Tal carencia alimenticia tiene consecuencias inmediatas en los niveles nutricionales de la niñez más pobre y, también, deja secuelas en la salud y el desarrollo físico y mental en una etapa crucial del crecimiento de los individuos.
Esta observación, del más pleno sentido común, se puede extender a muchos otros componentes de la canasta alimenticia; aunque el dirigente social destacó que para su fundamentación utilizaba la leche por tratarse de un nutriente básico en la dieta de los niños. Las estadísticas sanitarias son elocuentes a la hora de reflejar severas carencias físicas y mentales en las personas como producto de una alimentación insuficiente.
La conclusión resulta tan obvia como tremenda: las políticas tan asimétricas del gobierno nacional, que derraman enormes beneficios a los sectores más poderosos de la economía y le quita recursos a los que están en las antípodas de la escala social, están favoreciendo -se quiera o no- el surgimiento de una generación subalimentada con un grave deterioro psicofísico. Esas secuelas tendrán incidencia directa -muy negativa, desde luego- en el desempeño de la vida escolar y laboral.
Lo más contradictorio y doloroso es que esta severa carencia tiene lugar en uno de los países del mundo con mayor producción de alimentos, y en donde hasta no hace mucho se podía decir que estaba asegurado el acceso a una mesa digna, con alta calidad nutricional y a valores accesibles.
El fin de esa etapa inclusiva fue otro de los “cambios” que llegaron al país con la “ceocracia” gobernante.

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