Para qué vienen los capitales externos

Florencia Médici – El gobierno nacional manifestó desde su asunción el objetivo de atraer capitales externos que, según sus principales funcionarios, generarán un shock de inversiones, crecimiento y empleo. Desde esa lógica, la liberalización del sistema financiero contribuiría para atraer capitales y alcanzar el desarrollo.
Pero hay que ir más allá de las apariencias. La inversión extranjera sin control produce el fenómeno opuesto: los recursos que se extraen superan a los que ingresan al país, ya que éstos se orientan principalmente a sectores financieros y primarios-rentísticos que poseen alta propensión a fugar sus ganancias. Históricamente, los flujos de capitales fueron en dirección contraria a lo que supone esta creencia. Recordemos la queja que en los años sesenta, en el marco de la Alianza para el Progreso, el canciller de Chile Gabriel Valdés realizaba ante Richard Nixon: “Se cree que nuestro continente recibe ayuda financiera real. Los datos muestran lo opuesto. Podemos afirmar que América Latina contribuye a financiar a EE.UU. y a otros países desarrollados. La inversión privada ha significado y significa para América Latina que las sumas llevadas desde nuestro continente son varias veces mayores a las invertidas”.

Fuga de capitales.
Esa observación no sólo refleja la situación de una época sino un fenómeno persistente. Las transferencias de recursos financieros desde los países en desarrollo hacia los países desarrollados sigue siendo relevante de la dinámica macroeconómica nacional y regional. La inversión extranjera y el endeudamiento externo, si bien pueden generar un alivio en el corto plazo engendran una costosa carga en el mediano y largo plazo. La remisión de utilidades, el pago de intereses y la reversión de esos flujos cuando las posibilidades de ganancia se extinguen originan continuas y crecientes salidas de dólares, que son fuente de inestabilidad y crisis externas. Entre 2003 y 2015 las utilidades y el pago anuales de intereses remitidos al exterior desde Argentina representaron el 15 por ciento de las exportaciones, un nivel elevado aunque inferior al 22 por ciento observado en los noventa. Pero el panorama será más grave si los dólares que ingresen al país se usan para financiar la fuga de capitales. Según el Banco Central, la compra en el mercado legal fue durante el primer trimestre de 3300 millones de dólares (27 por ciento de las exportaciones).
Además por la caída del consumo interno y el estancamiento de la demanda mundial es posible que los dólares que ingresen sean capitales golondrina atraídos por las altas tasas de interés y la dinámica del modelo de valorización financiera, donde la ganancia especulativa supera a la productiva. En los casos en que los capitales extranjeros sean realmente inversión productiva (IED), fluirán hacia los rentables sectores primarios concentrados, que generan poco empleo, poseen una baja propensión a invertir y una alta inclinación a fugar capitales. Sin embargo, recurrir a los capitales foráneos es siempre un recurso tentador para los gobiernos, pues en el corto plazo esos recursos pueden financiar los déficits externos, apreciar el tipo de cambio, frenar la inflación y generar la aparente estabilidad económica que se necesita para llegar a las próximas elecciones.

Tormenta devastadora.
Por consiguiente, es preciso ir más allá de la romántica idea de “lluvia de inversiones”: la inversión extranjera no constituye una condición suficiente de desarrollo per se. Esta debe ser regulada por un Estado cuyo objetivo sea aprovechar los dólares y la tecnología para superar los problemas propios del subdesarrollo. De lo contrario, la lluvia de dólares puede transformarse en una tormenta devastadora cuando los flujos que se vayan al exterior sean mayores que los que ingresen y el alivio inicial se convierta en un drenaje de recursos desde nuestra economía hacia el mundo. Incluso peor, la inversión extranjera puede profundizar la estructura productiva desequilibrada si no se persiguen objetivos de desarrollos productivos, científicos y tecnológicos; acentuando un régimen de acumulación primario rentístico y una desigual distribución del ingreso. (Economía Política para la Argentina).

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