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Paseos y senderos en las dos Argentinas

DOMINICALES

Ocurrió hará un mes, durante la inauguración del llamado «Paseo del Bajo», una obra que, por cierto, fue ejecutada por la Ciudad de Buenos Aires, no por la Nación. El presidente se puso de cuclillas, como buen jugador de fútbol, y adelantando un slogan de campaña, tocó el asfalto y aseguró que ese objeto era real y no «un relato». Los fabricantes de «memes» deben haber estado distraídos, ya que el gesto presidencial se conoce también como «agachada», vocablo rico en resonancias populares.

Metrópolis.
La obra en cuestión tuvo un costo estimado de unos setecientos millones de dólares. Nada mal, si se considera, por ejemplo, que el presupuesto de La Pampa para 2019 -si los cálculos no fallan- representa a valores actuales unos novecientos ochenta millones de dólares. Sí, leyó bien: la ciudad de Buenos Aires gastó en una autopista urbana casi tres cuartas partes de lo que La Pampa gastará por todo concepto en todo el año.
En un extenso artículo publicado en diciembre pasado, el diario porteño más tradicional se salivaba ponderando el auge de la obra pública en la ciudad, donde las obras en ejecución sumaban 974. Presagiaba que en poco tiempo la urbe sería casi irreconocible para sus habitantes, y comparaba esta transformación con la construcción de las autopistas durante la dictadura de los años setenta, o con la ampliación de la Avenida 9 de Julio llevada a cabo en la «década infame» de los años treinta. No profundizaba, desde luego, en estas curiosas coincidencias históricas con el momento actual, ni en la posible vinculación ideológica entre estos fenómenos.
Pero lo que no deja de llamar la atención, visto desde este lado de la General Paz, es que no se perciba la profunda obscenidad que representa el nivel de obra pública que se está ejecutando en la ciudad capital, mientras la economía nacional sufre su crisis más profunda en más de treinta años, y la población padece índices sociales alarmantes, como por ejemplo, que más de la mitad de los niños del país estén por debajo de la línea de la pobreza, o que el desempleo se ubique nuevamente en los dos dígitos.

Senderos.
Pero sin llegar a esos extremos dramáticos, vale la mera comparación con la situación vial pampeana: a más de dos años de las inundaciones que cortaron la ruta nacional 35 en dos sectores al norte de Santa Rosa, todavía no se han habilitado completamente los alteos realizados en esos tramos. De hecho, dos años atrás la ciudad capital de esta provincia estuvo al borde del aislamiento total, cuando se cortó también la ruta nacional 5 hacia el este, y la ruta nacional 35 hacia el sur estaba al borde del colapso (emergencia ésta que atendió finalmente la Provincia).
De modo tal que mientras en la capital se gastan millonadas para «ahorrarles minutos» a los transeúntes (y de paso generar cobro de peajes para las empresas amigas), en el interior la Nación ni siquiera garantiza el derecho a la circulación que está previsto en la Constitución.
Es tentador acudir a la expresión «ciudadanos de segunda» para definir la situación de los pampeanos, si no fuera porque hasta ese calificativo parece que nos queda grande. Allá tienen paseos, aquí, con suerte, meros senderos.

Tucumanesa.
En lo que constituye una tesis muy provocadora, el historiador Daniel Larriqueta sostiene que la Argentina no sería uno, sino dos países interactuando en un complejo sistema, no exento de tensiones. La Argentina americana, indiana, tucumanesa, conservadora del interior; y la Argentina atlántica, cosmopolita y liberal del Río de la Plata.
Esto explicaría de algún modo las continuas grietas que atravesaron a la historia nacional, desde la Primera Junta, pasando por unitarios y federales, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas. Mal que le pese a Hegel, nuestro país sería un extraño ejemplo de dialéctica que jamás se resuelve en una síntesis.
Desde luego, no debe confundirse esta división de Larriqueta con el origen geográfico de las personas, ya que -por ejemplo- la hegemonía porteña fue consolidada a fines del siglo XIX, entre otros, por dos presidentes tucumanos como Nicolás Avellaneda y Julio A. Roca. ¿Fueron traidores, o eran patriotas tratando de enmendar la grieta? La respuesta a esta pregunta colocará a cada quien de un lado de la división nacional, todavía vigente.
Por eso no es de extrañar que esta semana, un diputado radical tucumano haya afirmado, muy suelto de cuerpo, que el presente gobierno ha sido un ejemplo de federalismo. No hay que fustigarlo tanto: los miembros de su partido parecen sufrir, colectivamente, alguna variante del Síndrome de Estocolmo.

PETRONIO