Paz que asoma luego de más de medio siglo de combates

DOMINICALES

Conmueve tomar conocimiento de las expresiones de alegría popular que se produjeron en Colombia a partir de que el jueves pasado se anunciara en La Habana la firma del acuerdo para la cesación de acciones bélicas entre colombianos.
Las escenas repiten las que ya son características de todo final de guerra. Se reiteran tanto en Bogotá como en Medellín y hasta en los pequeños pueblos de la montaña, del llano, de la selva y de las costas de la vasta y variada geografía de ese país.
Tanto el presidente de Cuba como el de Colombia y el comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) sonríen y se congratulan luego de la firma de este tramo de la laboriosa gestión de paz que contó con el apoyo de Unasur y Mercosur.
Otro tanto pasa con los pueblos de América Sur y Centro, aunque hay que decir que grandes sectores de nuestros países siguen concentrados en los problemas nacionales y es pequeña, aunque ha crecido en los últimos años, la franja ciudadana que entiende que lo que le pasa al vecino es cosa tan nuestra como todo el acontecer local.
Este “defecto” no es solo latinoamericano, sino que traduce un rasgo de la conducta individual y social. La humanidad es una abstracción todavía si mentamos a la totalidad de los vivientes de nuestra especie. Lo sucedido en la votación del viernes en el Reino Unido, con el triunfo de quienes han decidido la separación de la Unión Europea, muestra la tendencia a volver al aislamiento del pequeño rebaño, sin asumir que el proceso mundial marcha, con lentitud pero con rumbo definido, hacia la integración. Es posible que esta decisión influya, incluso, en la unidad real del Reino Unido, pues Escocia votó claramente por permanecer en la UE y reclamará su derecho a quedar ahí, al tiempo que acentuará su reclamo de autonomía completa.
Colombia resuelve, al menos, darse la oportunidad de establecer las bases para una convivencia pacífica en su propio territorio.

Historia.
La tragedia colombiana tiene una larga historia. Las situaciones conflictivas no faltaron nunca, pero puede datarse el comienzo de lo que ahora se intenta modificar en el año 1945, cuando Jorge Eliecer Gaitán, un líder popular, fue asesinado por sicarios de quienes lo veían como enemigo porque propiciaba una reforma agraria a favor del campesinado que estaba siendo sistemáticamente desalojado de sus tierras por una burguesía insaciable. La respuesta popular a ese asesinato quedó inscripta con el nombre de Bogotazo, denominación que se incorporó al lenguaje mundial (nuestro “Cordobazo”).
Las FARC fueron creadas en l964, pero ya entonces habían comenzado otros conflictos sangrientos que configuraron la guerra narco y antinarco (por narcotráfico) y no tardaron en aparecer las fuerzas paramilitares, subsidiadas por industriales y hacendados. Si el Bogotazo había dejado unos tres mil muertos, las acciones bélicas en los nuevos escenarios causaron unas trescientas mil bajas, pero la cuenta real se ha hecho imposible, así como no se puede contabilizar el sufrimiento de los campesinos asesinados u obligados a concentrarse en las grandes ciudades ni las víctimas de los narcos (los asesinados y los destruidos por el consumo de drogas). Cuando se lee el relato de lo acontecido en más de medio siglo sorprende que Colombia haya podido encontrar lo que aparece como el comienzo de un camino hacia la paz.
Lo que celebraba su pueblo era eso: un camino hacia la paz, condicionado y pautado en el mismo acuerdo, que debe seguir con un desarme de las FARC ante una comisión de las Naciones Unidas. Las armas serán destruidas y con sus restos se prevé hacer dos monumentos que den cuenta de esta esperanza. Debe seguir la incorporación de los soldados FARC a la vida civil, su seguridad, su participación en la actividad política. También hay que compensar a quienes perdieron todo lo suyo, en propiedades y vidas. No habrá paz sin camino democrático y diálogo en reemplazo de la guerra.

Camino.
El camino hacia la paz aparece poblado de situaciones conflictivas. Quedan activas las fuerzas de la guerrilla guevarista del Ejército de Liberación Nacional y los restos no del todo dispersos de los paramilitares.
Quedan los sectores sumidos en extrema pobreza que pueblan las grandes ciudades desde que los campesinos fueron expulsados de sus tierras. Queda el narcotráfico, que aunque ha sufrido fuertes golpes, tiene un poder real basado en su papel de abastecedor de la masa de adictos de los Estados Unidos, Europa y otros lugares del mundo.

Queda, como suele decirse, “el pescado sin vender”, a lo que siempre se ha podido contraponer que “principio quieren las cosas”.
Jotavé

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