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Pensador esencial

La muerte de Horacio González entristeció a casi toda la intelectualidad argentina. Hasta sus adversarios, aquellos que no compartían sus ideas, dijeron sentir su partida tanto desde el afecto como desde el respeto al pensador.
Uno de los filósofos más reconocidos de nuestro país escribió, con motivo de su muerte: «con Horacio González se va, quizás, el último de los grandes intelectuales argentinos». Un tributo semejante no es gratuito, en especial porque fueron muchas las plumas sobresalientes que por estas horas coincidieron, palabras más palabras menos, con esa reflexión.
Su producción literaria fue monumental, su labor docente fue reconocida por todos los que pasaron por sus cátedras, pero fue su calidad humana la que todos, sin fisuras, destacaron con especial énfasis: su tolerancia a la hora de confrontar ideas, su calidez a la de transmitir conocimientos, su admirable erudición que mostraba sin pizca de vanidad, su lejanía de la competitividad y de las envidias profesionales que tanto suelen contaminar los círculos académicos.
Su desempeño como director de la Biblioteca Nacional no pasó desapercibido. Ese cargo le obligó a cumplir las reglas de la burocracia que siempre había esquivado y hasta despreciado como militante de la política partidaria y cultural. Fundó revistas y participó en innumerables polémicas. Sus extensos artículos en la prensa gráfica no pasaban desapercibidos. Generaba discusiones con su escritura «difícil», que exigía concentración, relecturas, digestión lenta. Quizás fue otra de sus formas de provocar, de aguijonear las mentes en tiempos de discursos predigeridos, de sintaxis elemental, de pensamientos binarios que campean a sus anchas en los medios masivos de comunicación.
Nacido en la Ciudad de Buenos Aires en el seno de una familia modesta, se formó en la universidad pública -la UBA- en los años sesenta y participó muy activamente de los movimientos políticos y culturales de aquella época convulsa. La última dictadura cívico-militar lo obligó a seguir el camino del exilio al igual que a tantos otros intelectuales comprometidos con el pensamiento pero también con la acción política. Con la recuperación institucional regresó al país y, desde entonces, no dejaría nunca de participar en todos sus campos de acción: la docencia, la investigación, la escritura, la polémica.
El peronismo fue uno de sus desvelos centrales, de ahí sus cercanías y distancias en sintonía con las derivas padecidas por ese movimiento a lo largo de las últimas décadas. Perón, Borges, Scalabrini Ortiz, Lugones, Ingenieros, Groussac, David Viñas, Martínez Estrada, Sartre, Weber, Gramsci, Foucault, Jauretche estuvieron bajo su mira entre muchos otros autores a lo largo de su itinerario intelectual.
Sus conocidos destacaron entre sus múltiples facetas la de conversador afable, agudo, indulgente incluso. A la manera de los antiguos filósofos, sabía escuchar y a la vez brindar con paciencia y generosidad los notables conocimientos de quien «se había leído todo», como muchos decían de él.
La pandemia se ha llevado la vida de miles de compatriotas valiosos cuyas ausencias extrañamos profundamente. Entre ellos está, ahora, Horacio González quien contribuyó como pocos en la difícil tarea de aprender a pensarnos como argentinos y latinoamericanos.