viernes, 18 septiembre 2020
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Personajes de una fábula

LA SEMANA PAMPEANA

I – Rara vez la sociedad pampeana ha tenido la oportunidad de escudriñar, como en estos días, en uno de los secretos mejor guardados de una parte de la población que gusta barrer su basura bajo la alfombra. Es la vieja maña de las apariencias que hay que guardar aunque escondan comportamientos que no pueden confesarse sin vergüenza.

II – En esos tiempos de pandemia, cuando la lucha contra el contagio y la diseminación del virus le exige a todos, pobres y ricos, trabajadores y empresarios, comunes y notables, el acatamiento de conductas que limitan en buena medida el ejercicio de sus derechos, la regla ha sido, en general, el cumplimiento. Si el virus logró colarse, no fue por desobediencia generalizada ni por las actividades que se mantuvieron y que, por su índole, debían salir de la provincia a zonas de circulación del virus y volver. Cientos de test negativos a camioneros, choferes y personas que debían cruzar la barrera segura de nuestra provincia para adentrarse en territorio viral, confirman que había allí una clara conciencia de que el virus podía colarse si se subestimaba su capacidad de infectar.

III – Fueron conductas alejadas del trabajo y la producción las que trajeron y diseminaron el virus. Fue una mezcla de arrogancia e irresponsabilidad, desprecio por el bienestar del conjunto y una clara sensación de impunidad, las que permitieron que el virus entrara en nuestra privilegiada Fase 5 y obligara al aislamiento y sus consecuencias. Encuentros clandestinos en propiedades rurales de la zona gris fronteriza entre La Pampa y Buenos Aires, cenas de funcionarios judiciales y otros representantes de nuestra fauna expectable en días y horarios no permitidos y, más recientemente, la prepotencia de clase que se esconde siempre detrás de las complicidades del poder pero que esta vez salió a la luz, trajeron y diseminaron el virus a La Pampa cuando nadie lo esperaba. Pero si esas conductas le abrieron la puerta a los contagios, también le permitieron a la sociedad pampeana identificar con precisión quienes son los que así se mueven entre nosotros camuflados con el supuesto brillo que le da el dinero, la posición social o los cargos.

IV – Hay un claro patrón que une a los portadores de esas conductas: es el sentimiento de pertenencia a un grupo que se mueve como si se tratara de una clase privilegiada no solo por su posición económica sino, y principalmente, por su convicción de que pueden moverse por encima de la ley. Esa impunidad de la que hacen gala porque su experiencia les ha dado motivos para que crean en ella, es, ciertamente, la que los llevó a pensar que, por carácter transitivo, gozaban también de inmunidad. Pero resultó que el virus era mucho más democrático que el sistema de ideas que profesan.

V – Si bien se mira, hay mucho de moraleja en esta pequeña historia de pago chico pampa. Tiene mucho de esos cuentos cortos, didácticos, ejemplificadores y con moraleja que los clásicos, desde Esopo a La Fontaine, inmortalizaron con intención moralizante. Los pampeanos sólo tenemos que escribirla e inmortalizarla a la manera de las ya conocidas de la liebre y la tortuga, de la cigarra y la hormiga o de la zorra y las uvas. Esta podría ser, tal vez, la fábula del invitado invisible al banquete. Es poco probable que los personajes de este pequeño cuento verídico pampa puedan tener la lucidez de mirarse a sí mismos, ahora, como los personajes escarmentados de una fábula. Pero así es como hoy los ve el resto.

VI – Alejados de estas veleidades, la sociedad pampeana volvió a la rutina de aislarse, de cuidarse, de dejar de trabajar, o comerciar, o transportar o fabricar en el convencimiento de que es la única forma de detener la propagación de la enfermedad. Esa voluntad, sumada a la decisión política y a la laboriosa actividad de los equipos de salud permitió en unos días, controlar el brote y continuar, en estos días, con poco más o menos la misma apertura que tuvo la provincia hasta antes del episodio. Mientras, la espera de la vacuna será larga no tanto por el tiempo que tardará en aplicarse masivamente (nunca antes hubo en tan poco tiempo tantas vacunas para frenar una pandemia) sino por el costo en vidas humanas que tendrá la espera. (LVS)