Plan nacional que mira al espacio

La semana que pasó tuvo para el país un significativo logro tecnológico: con el trasporte de un cohete ruso se puso en órbita el segundo satélite fabricado íntegramente con tecnología nacional. El artefacto, que circunvala la Tierra a una altura de 600 kilómetros a veintisiete mil kilómetros por hora, lleva el nombre de Manolito, en homenaje a uno de los personajes de la popularísima tira Mafalda, del dibujante Quino.
El satélite, que fue construido en el país, se inscribe en la categoría de nanosatélites, caracterizados por su tamaño reducido. Pesa menos de dos kilos y su desarrollo costó alrededor de setenta mil dólares, una cifra poco menos que ridícula tratándose de la actividad espacial. Manolito continúa la serie en la que también podemos contar a Capitán Beto, un artefacto similar que llegó al espacio hace algunas semanas llevado por un impulsor chino. En virtud del Plan Nacional Satelital que se viene desarrollando desde hace alrededor de una década, son ocho los satélites argentinos que giran y funcionan alrededor del planeta.
Aunque este logro resulta digno de festejar -la tecnología del aparato es íntegramente argentina- es bueno recordar que el país no es un recién llegado a las actividades espaciales. Argentina ya experimentaba con cohetes suborbitales que alcanzaban las estratósfera hace medio siglo, cuando se los lanzaba desde la base de Chamical. De hecho hay fotografías datadas en aquel tiempo en las que se ve casi todo el país y que resultan sorprendentes para esa época tan temprana, cuando la actividad aparecía como patrimonio de las grandes potencias.
Aquellos inicios prometían mucho en la materia, por más que estuvieran relacionados con aspectos militares, dos cuestiones que siempre han estado relacionadas en todos los países. Una década después técnicos argentinos -se dice que con apoyo tecnológico alemán y aporte de capitales árabes- comenzaron a desarrollar el vector Cóndor, un vehículo teledirigido avanzado y efectivo para la época, con un alcance superior a los dos mil kilómetros. Los ingleses advirtieron de inmediato en ese artefacto un peligro para Malvinas y, a través de las “relaciones carnales” con Estados Unidos, consiguieron que el gobierno menemista desmantelara el proyecto, que tenía lugar en Falda del Carmen, en uno de los renuncios a la soberanía más vergonzosos que haya tenido un gobierno nacional. Hasta hoy, que se sepa, se ignora el lugar donde se guarda el cerebro guía del vehículo, secuestrado -según se dice- por oficiales de la Fuerza Aérea.
Vale la pena consignar el dato para evaluar cuánto tiempo e inteligencia perdió el país con esos acontecimientos y cuál podría ser el actual desarrollo de nuestra tecnología espacial, sin necesidad de recurrir a vectores extranjeros.
De cualquier modo se pueden hacer dos consideraciones interesantes al respecto: la primera es que la puesta en el espacio de los dos satélites argentinos demuestra que también en ese rubro se ha ganado en competencia, ya que los portadores han sido vehículos ruso y chino, respectivamente, demostrando que las ideologías ceden ante la factibilidad económica.
El otro detalle está dado por el desarrollo paralelo del proyecto relativo al vehículo “VEX1” (Vehículo Experimental), un proyecto nacional promovido por el gobierno para efectivizar un cohete de gran porte, velocidad y capacidad de carga, que está en construcción y próximo a ser probado en la zona de Bahía Blanca. La idea final es que Argentina pueda contar con sus propios impulsores para colocar satélites en órbita. Esta circunstancia ubica al país en el selecto grupo de países con fabricación propia de estos aparatos.
Mientras Capitán Beto sigue enviando información confiable, Manolito ya ha dado señales de presencia y remisión de datos. Esos envíos aparecen como de alto valor a los planes y previsiones nacionales, al tiempo que con su concreción impulsan la ciencia y la tecnología nacionales. Por cierto que desde el malhadado proyecto Cóndor el país no se había propuesto un plan de desarrollo espacial tan ambicioso.