domingo, 22 septiembre 2019
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Política exterior de AF no es maravillosa pero mejor a la de MM

LA SEMANA POLÍTICA

Los asuntos internos son los más importantes para un pueblo y una nación. Pero también lo es la política exterior. La que trasuntó Alberto Fernández (AF) en su gira europea es bastante mejor que la aplicada por Mauricio Macri (MM).
SERGIO ORTIZ
Es un principio filosófico y también aplicado a la política. Los procesos se mueven en base a contradicciones internas y secundariamente ayudan o perjudican los factores externos.
A veces las políticas «nacionales» están tan dictadas y aplicadas bajo libreto y controles extranjeros, que trazar la línea divisoria entre lo local e internacional resulta complicado.
Macri es un fenómeno local, pero en simultáneo un político y empresario inserto en el capitalismo global. De allí su cogobierno con el Bureau del FMI, cuyos créditos y retardos aguardan la luz verde y tuits de Donald Trump desde el Salón Oval.
Una de las tantas dificultades que tiene a Macri en estado de shock, tras las PASO, es que el Fondo da señales muy de cuando en cuando, sin los anteriores desembolsos. Del energúmeno que gobierna el imperio tampoco hay novedades, que antes se festejaban como palabra divina.
Peor aún, un vocero del Departamento de Estado declaró ayer: «esperamos continuar con nuestra sólida asociación, basada en valores democráticos compartidos con el pueblo argentino y el liderazgo que sea elegido, cualquiera sea el candidato que el pueblo argentino elija como su próximo presidente».
Sonó a abrir el paraguas antes que llueva, dando por descontado que la lluvia del 11 de agosto dejó empapado, empantanado y enfermo al presidente argentino.
La superpotencia es cualquier cosa menos democrática. De allí que en esas declaraciones se puntualizó la condición para el trabajo conjunto: que el futuro presidente gobierne «democráticamente». Ellos se consideran la medida de la democracia mundial y toman examen a los demás. De allí que el pelele Juan Guaidó, un invento suyo, da el pinet de democrático para Venezuela, y el elegido en las urnas, Nicolás Maduro, sea un dictador.
Con ese criterio van a presionar para que Alberto Fernández, aún con las conocidas críticas a Macri, se mantenga dentro de los lineamientos de la OEA y el Cartel de Lima, o sea, orbitando alrededor de la Casa Blanca.
En caso contrario, comenzarán a hostigarlo de muchas maneras, por ejemplo dificultando la casi inevitable renegociación de la deuda externa y en especial la del FMI. Ellos dos (EE UU y Fondo) fueron responsables directos de esa deuda, en igual grado que el mandatario semicolonial que transita el final de su meteórica y breve carrera.
Como el macrismo es muy dado a usar metáforas climáticas, ferroviarias y de navegación, nos permitimos darle la misma medicina. Macri es un náufrago y ninguna «US Navy» viene en su salvataje. «Mi reino por un tuit, un dólar, un salvavidas o un caballo, lo que sea», piensa el derrotado. El magnate no le lleva el apunte y madame Christine Lagarde está ocupada preparando sus nuevas funciones en el Banco Central Europeo.

Negacionistas del hambre.
En la semana hubo noticias locales importantes, como el inicio del control cambiario que el gobierno debió inaugurar a contramano de todo su manual ideológico. Eso trajo lógicos temblores en las finanzas. Desde el 11A más de 7.500 millones de dólares de depósitos en los bancos buscaron un lugar más seguro.
Como toda estadística tiene su costado relativo, el oficialismo y medios propios festejaron que el dólar hubiera bajado de 60 a 58 pesos, tratando de ocultar que antes de la paliza electoral estaba a 45. Naturalmente que habrá gente, dentro del 32 por ciento que votó a Juntos por el Cambio, dando por buena la noticia de la baja del billete. De todas maneras su bolsillo sentirá el impacto cuando la devaluación cercana al 30 por ciento siga llegando a góndolas, farmacias y carnicerías, si es que todavía las frecuenta por lo menos una vez a la semana.
El desconocimiento de la realidad sigue teniendo al presidente al tope de todos, como cuando en Córdoba dijo estar convencido que «la elección no sucedió». Es obvio que las PASO no fueron la elección general, pero como primaria resultó una derrota tan contundente como real. Anticipa que lo aguarda otra igual o peor el 27 de octubre, suponiendo que se mantenga el cronograma inicial, o antes, si los plazos se acortaran.
Que en dos semanas hayan habido dos grandes movilizaciones de entidades sociales, de desocupados, cartoneros, trabajadores precarizados, titulares de planes sociales, etc, con 250.000 personas en la mayor de ellas, fue la demostración de que en Argentina hay hambre. Que las cuatro comidas diarias son un gran programa político, como puntualizó hace meses la abogada Lali Minnicelli, esposa del preso político Julio De Vido.
El presidente y su ministra del ramo, Carolina Stanley, se niegan a declarar la emergencia alimentaria alegando sus números de que los fondos girados por el Estado son los correctos y suficientes. Pero el fenómeno del hambre sigue igual y agravándose. Por eso el negacionismo gubernamental anticipa que en la próxima cita con las urnas su paliza será mayor.
Peor aún, en vez de aceptar los planteos de esos movimientos, recibir y debatir con sus representantes, etcétera, el macrismo empleó como portavoz al neofascista Miguel Pichetto que se la pasó insultando a todo lo que fuera pobre, de piel oscura y si era de nacionalidad peruana, doblemente agresivo. Según sus palabras, esa gentuza, porque ni siquiera gente sería, es la responsable del déficit del Estado, de los problemas económicos y de la existencia del narcotráfico.
En eso dejó atrás a Ernesto Sanz quien hace nueve años aseguró que el dinero de la AUH «se iba por la canaleta del juego y la droga».
Si Juan Grabois plantea una reforma agraria para limitar el latifundio y erradicar el hambre, lo matan desde el macrismo y el fernandismo.

La derecha extrema y el centro.
En medio del súbito enmudecimiento de Trump en relación a «los éxitos» del programa de su amigo Macri, las declaraciones de Pichetto ponen de manifiesto las carencias del gobierno: no tiene aliados bien vistos en la región. Es que con tanta xenofobia, ni el reaccionario Martín Vizcarra, de Perú, puede darle ni una palabra de apoyo.
El otro socio mayor de Macri era, en realidad sigue siendo, Jair Bolsonaro, y con ese gobierno de Brasil se apresuraron a firmar un convenio económico adelantándose a lo que pudiera resolver Alberto Fernández en protección de la industria local.
Hoy Bolsonazi es una mala palabra para América Latina y buena parte del mundo. Su conducta criminal para con la selva amazónica y hacia los pueblos originarios que la habitan, fue el chorro de barbarie que desbordó un vaso ya colmado de xenofobia, homofobia, misoginia y ahora reivindicación de la dictadura de Pinochet y la muerte del padre de Michelle Bachelet.
Esa última barbaridad obligó al mandatario chileno, Sebastián Piñera, a salir en defensa de la expresidenta y a desmarcarse del apologista del genocidio.
Esto ilustra los cien días de soledad de Macri. No hay en el continente quien le diga una palabra de apoyo. Está «más sólo que Pinochet en el día del amigo», como se suele decir.
En cambio el candidato a presidente del Frente de Todos ha completado esta semana una productiva visita a España y Portugal siendo acompañado en la gira por Felipe Solá. Con anterioridad, a fines de mayo pasado, había estado en Uruguay visitando al expresidente Pepe Mujica y a principios de julio en Curitiba, saludando a Lula da Silva en la prisión y reclamando su libertad.
Ahora dio una charla en la sede del Congreso español y tuvo reuniones con Pedro Sánchez, jefe de gobierno y titular del PSOE, rodeado de legisladores de ese partido socialdemócrata y de la centroizquierda de Podemos. Muchos residentes argentinos le dieron apoyo y le hicieron compañía (ahí también se nota la diferencia con Macri, que es escrachado pacíficamente como en Suiza y otros lugares).
Luego AF llegó a Portugal, reuniéndose con un gobierno de centroizquierda que presenta mejores resultados económicos tras el alejamiento de las recetas neoliberales y privatistas que hasta 2015 había impuesto allí el inefable Fondo Monetario. Ahora, aunque en forma módica, viene creciendo el PBI y bajando el desempleo, demostrando una gran verdad que los argentinos experimentamos varias veces en carne propia: «relaciones carnales» con el Fondo es igual a crisis económica; ruptura y alejamiento del organismo supone crecimiento y mejoría de la calidad de vida.
En la península el presidenciable tuvo declaraciones de tipo centrista respecto a la deuda externa. «Vamos a hacer lo que hemos hecho siempre: cumplir y honrar la deudas, pero no nos pidan que lo hagamos a costa de más deterioro de nuestra gente», aclaró. Dijo que no va a pelearse con EE UU sino buscar una relación madura. Y que fortalecerá el Mercosur sin apoyar el intervencionismo contra Venezuela.
Esa política exterior no es ninguna maravilla. Supone volver a terceras posiciones que caracterizaron al peronismo históricamente con su limitado «Ni yanquis ni marxistas». Sucede que luego de cuatro años de líneas y conductas proyanquis in extremis, la guitarra de Fernández no será antiimperialista pero suena casi como una melodía de centro.