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Por el cuidado del ambiente

El empleo indiscriminado de las productos denominados agroquímicos -o agrotóxicos- lleva varios lustros en el espacio rural argentino y, al margen de los serios problemas que en algunas regiones ha ocasionado para la salud pública y el ambiente, trajo aparejado una pregunta inquietante: ¿dónde y cómo almacenar los envases vacíos una vez utilizado el peligroso contenido?
La falta de una reglamentación efectiva permitió que se instale una peligrosa costumbre: deshacerse de ellos sin ningún tipo de cuidado y al menor costo posible. Es conocida la alta toxicidad que mantienen por largo tiempo los residuos que quedan en los bidones, perjudiciales tanto para el ser humano como para el suelo según su concentración y cantidad.
De allí que resulte digna de destacar la legislación y la consecuente acción que comenzó a desarrollar tanto el Estado provincial como la Fundación Campo Limpio, entidad que tiempo atrás fuera multada por su morosidad a la hora de cumplir con las nuevas exigencias. Hoy ambas partes llevan adelante en el ámbito rural una campaña de concientización, búsqueda de envases y eventuales sanciones para quienes continúan procediendo sin apego a la legislación.
El organismo oficial notificó a las empresas fabricantes la obligación de presentar declaraciones juradas con especificación de los productos comercializados y la cantidad de bidones que ingresan a la provincia. En la normativa también se contempla que se declare el formulado que contienen los envases, su función y necesidad de almacenamiento sistemático y seguro.
Hasta la puesta en vigencia de estas medidas campeaba una verdadera anarquía; fueron incontables los episodios que motivaron la intervención de las autoridades ante la gran cantidad de envases arrojados a la vía pública luego de ser utilizados. Como dijera un funcionario del área involucrada: «son bidones que están siendo sujetos a conductas disvaliosas para la salud ambiental y humana y están fuera del circuito convencional al que deberían sujetarse». Tampoco pasó desapercibido el hecho de que en algunas ocasiones los envases aparecieron enterrados a profundidades que hacen sospechar la intervención de maquinaria de gran porte y desnudan la ausencia de escrúpulos en cuanto a los riesgos de contaminación de las napas freáticas.
Otro ejemplo cabal del desinterés por la salud humana y ambiental se hizo evidente a comienzos del presente año cuando la empresa Ferroexpreso fue reconocida por las autoridades pampeanas como la responsable de uno de esos enterramientos y multada en consecuencia. En este caso la conducta maliciosa es doblemente reprochable por provenir de una firma concesionaria de un servicio público.
La elocuencia de los números suele ser más efectiva que los consejos o reglamentaciones; en tal sentido no es exagerado decir que en los últimos cinco años los envases plásticos abandonados se acercan a los veinte mil lo que destaca todavía más la importancia de las tareas de prevención y sanción desarrolladas por los organismos públicos y la entidad mencionada.