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Portación de rostro

El gobierno acaba de dar una muestra más de su posición ideológica al continuar en el área de seguridad con la implementación de la tecnología de reconocimiento facial a través de computación. Ese sistema permite detener personas en cualquier sitio y someterlas al análisis computacional del rostro para -en teoría- determinar coincidencias con alguien buscado por la Justicia.
Sin embargo la fiabilidad del sistema deja mucho que desear y se han cometido significativos errores que les costaron semanas de reclusión a muchos inocentes. Lo indignante es que este método ya fue suspendido en algunos lugares del mundo en donde, se supone, impera la tecnología más avanzada en la materia, como es el caso del estado norteamericano de California, mientras que en la Argentina sigue siendo validado por el gobierno. El uso de esta tecnología, portada en forma individual por la policía, tiene un fuerte componente antidemocrático ya que permite un control constante de la población, por quienes portan esos elementos, digno de un estado policíaco.
Al menos eso es lo que se desprende de una resolución tomada por el jefe de Gobierno de la ciudad autónoma de Buenos Aires quien anunció que se pondrán en funcionamiento miles de equipos para esa tarea, al menos, claro, si es reelecto el 27 de octubre. De la inseguridad -y riesgo que ello implica- nada se ha dicho.
El anuncio recuerda obligadamente la resolución tomada meses atrás por la ministra de Seguridad quien, pese a contar con los informes desfavorables que prevenían el riesgo que impone su uso, avaló la compra de las llamadas «pistolas Taser», que aplican una fuerte descarga eléctrica y han sido objetadas en el exterior porque pueden ocasionar la muerte.

Fuera de aquí
El nombre de Francisco Franco quizás no sea demasiado familiar a las nuevas generaciones de argentinos. Sin embargo este militar que se alzó contra la República española -elegida democráticamente-, provocó una sangrienta guerra civil y mantuvo una férrea dictadura durante más de cuatro décadas, tuvo mucho que ver con la Argentina, como que buena parte del casi millón de exiliados (hubo una cifra similar de muertos) se radicó aquí, aportando no poca de la cultura de habla castellana. Franco fue abiertamente fascista y muy cercano al nazismo, tanto que sus tropas acompañaron la invasión alemana a la entonces Unión Soviética.
Al margen de sus delirios de grandeza que recordaban y pregonaban a España como un imperio, Franco fue un ególatra de proporciones, como que todavía en vida se preparó una grandiosa sepultura: el Valle de los Caídos, una monumental construcción levantada con el esfuerzo de alrededor de dieciocho mil prisioneros republicanos; muchos de ellos murieron en la obra y yacen en sus aledaños.
Sin embargo, después de su muerte, poco duraron aquellas ambiciones de grandeza. La más cabal muestra de ello es que por estos días el gobierno español acaba de disponer el traslado de sus restos desde el Valle de los Caídos a un cementerio común. Pese a la resistencia de quienes reivindican su memoria, la mayoría del pueblo español acompaña esta medida que busca reparar, aunque sea simbólicamente, parte del gran daño provocado por el «generalísimo».