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Promiscuidad entre espías y periodistas

El informe que presentó el programa ADN Periodismo Federal el jueves a la noche en el canal C5N no tiene precedentes. Nunca antes se había mostrado en un medio de comunicación con tanta crudeza y nivel de detalle la estrechísima colaboración de los servicios de inteligencia y un periodista. Los intercambios de mensajes por WhatsApp, con textos e imágenes, con los nombres de los espías que «trabajaron» para «producirle» el programa a Luis Majul -que de él se trata- no dejaron lugar a dudas sobre el nivel de complicidad entre ambas partes. Lo más sorprendente es que figuran todos los agentes de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) que están siendo investigados en varias causas judiciales por las escandalosas operaciones de espionaje ilegal llevadas a cabo durante el gobierno de Mauricio Macri contra dirigentes opositores y oficialistas, legisladores, jueces, gobernadores y funcionarios de todo rango y pertenencia política.
Quizás el antecedente más cercano a esta revelación sean las operaciones de extorsión que tramaban el espía y falso abogado Marcelo D’Alessio y el periodista de Clarín Daniel Santoro junto al fiscal Carlos Stornelli, que se divulgaron el año pasado y también son investigadas por la Justicia a partir de la denuncia de una de las víctimas del «emprendimiento». Lo que hace más llamativo el caso de Majul es que la estructura puesta en juego involucra a un grupo muy superior de espías de la AFI -unos quince- que, además, tenían conexión con la Policía Metropolitana para la utilización de cámaras de seguridad de la Ciudad de Buenos Aires. Ese «material» era presentado por Majul como producto de su «esfuerzo de producción» cuando en verdad eran los agentes de inteligencia pagados por el Estado lo que le hacían la tarea.
Los vínculos entre periodistas y los servicios de inteligencia no son nuevos. Quienes ejercen la profesión de informar suelen conocer más de una historia. Hasta en nuestro pago chico hubo casos bastante conocidos en los tiempos de la última dictadura militar.
Con la llegada de la democracia esas relaciones espurias no cesaron aunque tuvieron otro tipo de manifestaciones. Algunas publicaciones marginales fueron solventadas -económica e informativamente- por algunos servicios de inteligencia, y nunca faltaron periodistas jactanciosos por poseer «buena información» cuyo origen se puede rastrear en los denominados «sótanos» del Estado.
Pero lo que hoy quedó en evidencia es que con la llegada del macrismo a la Casa Rosada se desató una epidemia de espionaje ilegal que alcanzó niveles nunca vistos en gobiernos electivos. Y lo que consterna todavía más es el involucramiento de no pocos medios y periodistas en esas acciones que tuvieron como objetivo primordial perseguir y hostigar a la oposición política.
Quienes se presentaron como los adalides de la defensa de la «institucionalidad» y la «república» no hicieron otra cosa que pisotearlas, al igual que los grandes medios de comunicación que ejercieron el «periodismo de guerra» actuando como guardias pretorianos del peor gobierno que tuvo el país desde 1983 hasta nuestros días.