Prosigue la relación del hombre con la muerte

Señor Director:
La relación del hombre con la muerte es íntima, carnal y básicamente constante, aunque haya variaciones a lo largo de la historia.
El 10 de octubre ha sido consagrado para que sea pensada una de las formas de manifestarse ese maridaje: la pena de muerte, como acto legal.
Un informe dado por la organización que propicia la supresión de esa forma de muerte legal, hace saber que ya son 105 los países que la han suprimido de sus códigos, 60 de ellos en los últimos veinticinco años. Sin embargo, los países más poblados (China, India, Estados Unidos e Indonesia) la conservan, como también lo hacen Corea el Norte, Irán, Arabia Saudita, Irak, Pakistán, Malasia y Singapur. En suma, que casi la mitad de la población mundial la mantiene vigente. Cada año hay centenares de ejecuciones.
Para la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte casi todos los países que la aplican lo hacen en forma arbitraria porque discriminan contra los pobres y los marginados de la sociedad, incluyendo las minorías y los migrantes. Casi el 90 por ciento de los condenados son personas de los grupos económicamente más vulnerables. Se hace notar, asimismo, que los países que han abolido esta sanción capital reconocen que los modernos sistemas de justicia pueden proteger eficazmente a sus habitantes. Aparte de que eliminan el riesgo de ejecutar a inocentes.
El informe de la Comisión Internacional hace notar que en Estados Unidos la mayoría de los condenados no pueden pagar un abogado propio. Los que en ese caso provee el sistema, suelen estar abrumados de trabajo y pierden eficacia.
La citada comisión está presidida por la señora Navy Pillay, que se ha destacado en otras funciones internacionales. El argentino Horacio Verbitsky, titular del CELS, es uno de sus miembros.
De los seres que habitan el planeta, el hombre es probablemente el más matador, aunque virus y otros entes puede que hagan mayor cantidad de víctimas. La relación entre los seres vivientes es la de “matar o morir”, porque tal es la condición con que se nace: matar para comer, comer para vivir. La vida, tomada en su conjunto, necesita matar para perdurar. Aparte de esta situación que no hay manera de superar, el hombre se diferencia negativamente porque también mata más de lo que le es necesario para su alimento. Incluso los hombres se matan entre sí. Ni siquiera necesitan acudir al expediente de la guerra (que es siempre cosa de hombres contra hombres) pues también lo hacen durante los períodos que llamamos “de paz”, tanto para resolver expeditivamente situaciones individuales como para satisfacer impulsos menos explicables, como es el caso de los tiradores que disparan sobre la multitud. En cambio, los terroristas buscan una justificación en razones políticas. O como es el caso de los femicidios en nuestro tiempo, incrementados por motivos culturales (cambios en la situación comparativa de mujeres y varones en el acceso a los derechos inherentes a la igualdad proclamada). Matan los policías. Matan los servicios secretos. O sucede lo que en Filipinas, estado donde no rige la pena de muerte pero el gobierno produce centenares de muertes por razones políticas.
La pena de muerte legal aparece en una etapa que se autocalifica de superación, pues asegura un juicio con defensa, en el que hay que demostrar que el acusado cometió delitos que la sociedad ha declarado que no tolerará. Pero, como hace notar la Comisión Internacional, la equidad que se espera de la justicia desaparece cuando median situaciones culturales que hacen principalmente sospechables de todo a los que han tenido menos oportunidades para instalarse en niveles sociales más protegidos. Y, además, cabe la posibilidad de condenar a un inocente, cuya situación se esclarece cuando ya ha sido ahorcado, fusilado o sometido a la silla eléctrica o al efecto de gases. ¿A quién irá con su queja el inocente?
Atentamente:
Jotavé