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Qué hacer frente al avance del odio

LAS NUEVAS TECNOLOGIAS DE MANIPULACION DEL SUJETO

El uso del odio es una de las principales estrategias que tiene el poder para manipular a las masas, lograr un consenso social conservador y perpetuarse.
NORA MERLIN
No es ninguna novedad la existencia de un plan en marcha en la región que rechaza a los gobiernos nacionales e intenta imponer el neoliberalismo. Esta ofensiva antidemocrática se realiza a través de golpes de Estado, con o sin la intervención de las fuerzas armadas, desestabilizando y demonizando esos gobiernos, o a través de elecciones supuestamente transparentes acompañadas de operaciones que digitan la opinión pública.
Para que el plan resulte exitoso, se precisa un consenso social que adhiera a ese poder conservador que interrumpe la democracia, y luego una transición que presumiblemente traería orden y estabilidad republicana. El uso del odio es una de las principales estrategias que tiene el poder para manipular a las masas, lograr ese consenso y perpetuarse.

Hipnosis colectiva.
Con el avance tecnológico, Internet, los medios corporativos, el discurso del evangelismo fundamentalista y el uso de la psicología y los afectos, el plan se fue sofisticando. Alcanzó niveles de eficiencia que permitieron explotar masivamente la estructura del sujeto, manipular su deseo, domesticar sus pulsiones y producir una verdadera colonización de la subjetividad. García Linera, el vicepresidente de Evo Morales, en relación al golpe de Estado producido en Bolivia el 10 de noviembre, afirmó que mucha gente parecía hipnotizada; efectivamente lo está.
La hipnosis colectiva que refiere Linera se realiza con la energía pulsional que aporta el odio, núcleo ideológico de la colonización neoliberal de las masas. Esta ideología colonizada y su núcleo de odio constituyen un síntoma social contemporáneo, algo que no anda en lo real: se trata de una fijación de goce que corroe el vínculo social.
Lacan introduce la categoría «goce» a lo largo del Seminario 7, para designar la satisfacción de la pulsión. Satisfacción inconsciente y paradójica, afirmaba Freud, pues implica también sufrimiento o displacer en el sujeto. El aparato psíquico utiliza distintas estrategias para defenderse de esa satisfacción pulsional perturbadora; una de ellas -tal vez la más interesante para el sujeto- es el deseo, que constituye una barrera al goce.

Odio para dominar.
El discurso capitalista, por tratarse de un sistema hiperconectado, un todo, no es posible sin producir excepciones, segregación y odio. Es así que ese dispositivo cerrado ha logrado masificar y homogeneizar la satisfacción pulsional en el odio y sus diversas expresiones: racismo, xenofobia, venganza, aporofobia (odio al pobre), etc. Las fijaciones sociales de odio se han sedimentado, tienden a repetirse y constituyen un verdadero peligro para la humanidad porque operan contra la comunidad y la pervivencia de lo humano.
El odio y la violencia son elementos fundamentales en la estrategia de dominación. El odio se metió en nuestras venas, es inconsciente, organiza las prácticas cotidianas y no se reconoce como tal porque está justificado con buenas intenciones. En nombre del amor un poderoso evangelismo surge fogoneando un odio socialmente aceptado; en nombre del feminismo y, supuestamente en contra de las prácticas machistas, está surgiendo un odio, una violencia que es idéntica a la que ejerce el poder y que es opuesta a lo que proponen los feminismos.
La región en su conjunto se enfrenta al mismo impasse: las fijaciones de odio que se reproducen con similar argumento y se repiten compulsivamente. Surge como problema urgente a resolver qué hacer, cómo conmover éstas sedimentaciones pulsionales que se han naturalizado. Es exactamente en este punto en que el psicoanálisis se encuentra con la política.

Nuevas estrategias.
El odio se presenta como una pasión compulsiva, consistente e impenetrable, irreductible a la argumentación y racionalización, por lo que habrá que inventar nuevas estrategias sociales para enfrentar este mal, que necesariamente deben trascender la modalidad de la explicación.
Si las guerras de cuarta generación utilizan los afectos para manipular la subjetividad, es con las mismas armas -los afectos de sentido contrario- que deberemos dar la batalla cultural para emanciparnos del odio instalado y sublimarlo en acción política.
Hay dos posiciones frente a este síntoma contemporáneo: habitar en el campo del odio y satisfacerse con ese goce o estar en el opuesto, es decir, contra el odio. Esto último supone la decisión colectiva de construir una unidad cada vez mayor, que vaya en contra de la grieta y se oriente por lo que podemos denominar el deseo de comunidad, capaz de trascender el odio y debilitarlo.

La unidad como antídoto.
El campo popular comprendió que el enojo o la pelea contra los votantes de Cambiemos sólo conducía a profundizar el odio, captando la necesidad de cambiar ese rumbo. De ahí que durante estos últimos cuatro años desde abajo, cuerpo a cuerpo y estrechando vínculos, fue creciendo una unidad que logró sostener a los más vulnerables y pudo resistir la muerte cotidiana que generaba la gestión neoliberal. Como experiencia militante y no como un saber teórico recomendado en los manuales, el campo popular entendió que la política de Eros, la unidad, atravesada por el deseo de volver para reconstruir lo destruido, era el mejor antídoto para vencer al odio.
La vitalidad de la unidad y el deseo de comunidad constituyen dos límites civilizatorios imprescindibles frente al odio y la violencia, que conforman la mayor amenaza para la civilización. Si no logramos emanciparnos del goce mortífero que apesta, instalado en la cultura y en la singularidad, no podremos sostener la unidad conseguida, ni habrá construcción de pueblo y tendremos que declarar el triunfo definitivo del MAL. (La Tecl@ Eñe).

*Psicoanalista. Magister en Ciencias Políticas. Autora de «Mentir y colonizar. Obediencia inconsciente y neoliberalismo».