Inicio Opinion ¿Qué inserción?

¿Qué inserción?

El desastre socioeconómico creado por el macrismo en el país recién parece estar siendo percibido a pleno por una significativa cantidad de argentinos. A pesar de las campañas de los medios de comunicación adictos, son los hechos incontrastables los que obligan a reorientar el pensamiento político para salir de las redes-trampa tendidas por el asfixiante marketing oficialista.
Pobreza, crecimiento del desempleo, deterioro de la salud pública y un país que se desindustrializa a pasos agigantados mientras se convierte en un paraíso para la especulación financiera, comienzan a socavar la visión idílica que pretenden imponer los CEOs del gobierno.
En los últimos días otra clase de hechos ha venido a confirmar el naufragio: el éxodo de reconocidas empresas que abandonan el país luego de largas décadas de radicación entre nosotros. Su alejamiento para instalarse en otras latitudes es un elemento más para juzgar el pésimo desempeño del gobierno y sus aliados, quienes se muestran incapaces de manejar la economía por cauces siquiera aceptables.
No se pretende decir que esas grandes compañías mundiales se hubieran radicado aquí por solidaridad; se descuenta que es el atractivo comercial y la posibilidad de ganancias los que motivan los asentamientos. Pero desaparecidas esas condiciones -apelando a una reiterada metáfora del Presidente-, abandonan el barco sin importarles la tormenta.
Ese elocuente indicio negativo complica desde el comienzo un año electoral, de por sí difícil para el oficialismo. El gerente de una de esas trasnacionales expresó ante la prensa sin sarcasmos: «evaluado nuestro desempeño en el actual ambiente de negocios, determinamos que necesitamos priorizar otras oportunidades de crecimiento dentro de nuestro portafolio latinoamericano». La reflexión es una fuerte crítica al deterioro del mercado interno argentino y, a la vez, significa una bofetada en pleno rostro para un gobierno que asumió bajo la promesa de «integrarnos al mundo».

El odio franquista
Transcurridos casi setenta años de la finalización de la Guerra Civil Española, la península parece seguir cobijando fascistas de la misma laya de aquellos que causaron casi un millón de muertos y otro tanto de exiliados. No de otra manera se explican las profanaciones que acaban de sufrir las tumbas de Dolores Ibárruri -La Pasionaria- y de Pablo Iglesias, ambos emblemas del republicanismo español. Asimismo el ultraje se extendió a la tumba de Las Trece Rosas, donde yacen las muchachas delatadas y fusiladas por la policía política franquista, ya terminada la guerra.
Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español, fue un político combativo pero La Pasionaria, por su exaltado patriotismo y la admiración que despertara en los intelectuales de todo el mundo, pasó a ser algo muy parecido a una leyenda dentro de aquella épica de la guerra contra el fascismo.
Ese vandalismo sobre las sepulturas reconoce, evidentemente, otra motivación: el ya decidido retiro de los restos de Francisco Franco -el militar traidor a la República y posteriormente dictador durante más de cuarenta años- del santuario del Valles de los Caídos, una monumental necrópolis que se hiciera construir en vida y cuyo epicentro es su propia tumba. El procedimiento que determinó el traslado ha sido legal, pese a las esperadas resistencias de los sectores más reaccionarios del país.
Más allá de la evidente intención ideológica se advierte también que los autores intentaron disimular y confundir agraviando también otras tumbas, algunas significativas, como es el caso de las de la División Azul, integrada por soldados españoles que combatieran en la Segunda Guerra Mundial del lado de las tropas nazis en su sangrienta invasión a Rusia.