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Que les sirva esta confesión

La confesión del ministro de Salud degradado a secretario durante el gobierno macrista, Adolfo Rubinstein, no aportó ninguna novedad aunque tuvo la virtud del reconocimiento. Al decir que «la salud pública dejó de ser una prioridad» durante su propia gestión, el entonces funcionario y hoy aspirante a candidato legislativo en la Capital Federal no hizo más que admitir lo que ya estaba a la vista de todos.
Sin embargo debe agradecerse el sentido de la oportunidad al dirigente radical. Desde hace un año la conducción de su propio partido como la de sus principales socios: el PRO y la Coalición Cívica no hacen más que oponerse a las medidas sanitarias implementadas por el gobierno nacional. No lo hacen con propuestas superadoras o con el aporte de ideas que contribuyan a mejorar las políticas de cuidado. Todo se limita al cuestionamiento, la diatriba, la divulgación de noticias falsas; y todo en el tono más alto posible, para lo cual en los medios de confusión porteños tienen poderosos amplificadores. Los mayores disparates fueron dichos o hechos con un nivel de irresponsabilidad que asusta: pusieron en duda la eficacia de la vacuna, convocaron a movilizaciones en la vía pública en plena cuarentena, quemaron barbijos en las plazas, promovieron la desobediencia a las medidas de cuidado… No hubo límites a la hora de decir o hacer cualquier cosa en nombre de la «libertad individual».
En semejante despliegue de oposición enceguecida, sin medir consecuencias y que se planteó como único objetivo desgastar al gobierno con vistas a las elecciones legislativas de medio término, radicales, macristas y carriotistas parecieron competir por ver quien llegaba al más alto nivel de insensatez.
¿Algún antecedente avalaba sus expresiones? ¿De dónde se arrogaban tanta autoridad para hablar tan sueltos de cuerpo, para disparar con munición tan gruesa contra el gobierno y su equipo de asesores integrado por los profesionales de la salud más reconocidos del país? Estas preguntas, al final, fueron respondidas por uno de ellos, uno que ocupó el máximo cargo nacional en materia de salud pública bajo la presidencia de Mauricio Macri. Pero lo que aportó el exministro no es precisamente un aval, sino todo lo contrario. Porque lo que admitió es que, cuando debieron gobernar radicales, macristas y carriotistas, la salud pública «no fue prioritaria». Tan claro como eso.
Hay muchos otros elementos, desde luego, que no son meras palabras sino hechos concretos. Dejaron vencer millones de vacunas contra el sarampión destinadas a niños y niñas, eliminaron infinidad de programas sanitarios, mutilaron el presupuesto de salud pública, desfinanciaron el Instituto Malbrán, se negaron a terminar hospitales cuyas obras estaban muy avanzadas entre tantas otras maldades.
Después de lo que hicieron -o no hicieron- cuando gobernaron, y de esta reciente expresión de Rubinstein, lo más aconsejable sería que se llamen a silencio en busca de alguna reflexión que ilumine, y apacigüe, tantas ínfulas, tanta crispación. Para que la apelación al odio, a la confrontación enardecida, deje de presidir sus intenciones y sus actos.