Inicio Opinion Quemalquehablamo

Quemalquehablamo

DOMINICALES

«Antes que nada, agradecer a los lectores, que con su silenciosa mirada sobre estas letras, nos proporcionan una caricia en el alma». La frase parecerá muy sentida (en el sentido de «repetida») pero la verdad es que está muy mal dicha, ya que carece de verbo y de sujeto. El infinitivo «agradecer» no cumple ninguna de las dos funciones. Lo correcto sería decir «quiero agradecer» o «debo agradecer», con lo cual se indica el sujeto (un «yo» tácito) y también la acción, que es el querer agradecer, en tiempo presente. Hablar con verbos en infinitivo es demostrar un pobre dominio de la lengua, como esos nativos africanos que servían a los exploradores ingleses (los «bwana») en series como «Daktari». En cuanto a la metáfora «caricia en el alma»… ya sería hora de darle un descanso, ¿no?

Bwana.

Duro el oficio de escriba. Cada nuevo texto es un desafío, una especie de safari africano en que nos esperan, agazapados como fieras, los lugares comunes y los vicios de la lengua.
Y ni hablar del lenguaje oral. Hoy por hoy, nueve de cada diez discursos comienzan con la palabra «agradecer», así, en infinitivo. Lo cual estaría pasable para un nativo africano, cuya lengua (por ejemplo el swajili, de donde provienen las palabras «daktari» y «bwana») carece de conjugación verbal. Pero no en un orador castellano.
Sin embargo nos empeñamos en adornar el idioma con estas barbaridades. Por ejemplo, parece que no tenemos mucha fe en la palabra «que», tan contundente ella. Tenemos siempre que rodearla de otras palabras que no la ayudan para nada. Por ejemplo el «dequeísmo», como en «pienso de que», cuando «pienso que» es más que suficiente.

Quéloque.

Y está ese otro adefesio, el «queloqueísmo». ¿Quéloque nos sucede? Aún si se pronunciaran las palabras correctamente («qué es lo que») le estaríamos agregando a la expresión tres palabras que están de más, alargando nuestro discurso y destruyendo la paciencia del interlocutor. Y sin embargo, los locutores de TV están plagados de queloqueses. Un insoportable sonido percusivo, como esos «toc toc» que, construidos cortando un palo de escoba, se usaban en las clases de música del primario. Lo correcto es decir: ¿qué nos sucede, vida mía?, como bien cantaba Palito Ortega.
En el periodismo en general (incluyendo el escrito) hay otro virus letal, y es el abuso del verbo «poseer» que se aplica virtualmente a todo, como el picante en la cocina mexicana. «Poseer» es ser dueño de una cosa, o tenerla a disposición. Es un verbo con una connotación positiva, a menos que uno practique alguna religión que le imponga prescindir de las cosas materiales.
Sin embargo, en la crónica periodística se posee de todo. Por ejemplo, Fulanito, por estafar a una abuela con el cuento del tío, ahora «posee» una condena de cuatro años (¿no sería mejor decir que «cumple» una condena, o que ésta «le fue impuesta»?). No le va mucho mejor a Zutano, que «posee» una diabetes (¿no sería mejor «padece» una diabetes?) Muchachos: las desgracias no se poseen, se sufren.

Recontrapite.

Casi siempre estos vicios del idioma son inflacionarios. Alargan las frases innecesaria y antiestéticamente. Ejemplo de esto es la expresión «vuelvo a repetir», muletilla favorita de jugadores de fútbol, especialmente de los que después de retirarse se dedican a ser dirigentes deportivos. La palabra «repetir» ya contiene la idea de reiteración: ¿para qué entonces «volver a»? ¿Es que acaso se trata de una tercera o cuarta repetición? ¡No importa! «Repetir» contiene todas las repeticiones posibles.
Acaso lo más molesto de esta expresión sea cierta actitud de soberbia de quien la emite. «Vuelvo a repetir» es algo así como decir «estoy harto de decirles lo mismo, ¿por qué no me escuchan?».
El mismo efecto causa otro vicio, el de chasquear la lengua antes de tirar una definición. Muy empleado en ámbitos académicos. Detrás de esa aparente humildad, de esa relativización de la propia palabra, lo que se esconde también es un sentido de superioridad. Te chasqueo la lengua andes de desasnarte, un poco porque me cansa y otro poco porque tengo que establecer una jerarquía entre nosotros. De hecho, el uso tradicional de ese chasquido de lengua era para expresar disgusto.
Pensándolo bien, eso de hablar con ruiditos no deja de ser un gesto primitivo. Son los idiomas africanos los que abundan en esas onomatopeyas, los que cuentan con todos esos fonemas exóticos. A lo mejor sean una buena señal: un indicador de que, tras tanto maltratar el idioma y alargar las frases, estaríamos volviendo -como diría Sábato- al gruñido original.

PETRONIO