Quién piensa en el día después

En diez meses más el país se abrirá a una nueva etapa política, ya sea por el surgimiento de un nuevo gobierno o por la continuidad del actual. En cualquiera de los dos casos se elegirá sobre un país devastado, con su población sufriendo penurias económicas, su industria y comercio con niveles de actividad bajo cero, con altos niveles de corrupción y un pueblo alienado por la incesante intoxicación de los grandes medios oficialistas. También con una deuda externa astronómica y hasta con hambre, imperdonable en un país que produce alimentos como pocos en el mundo.
Sin embargo, ante semejante panorama todavía no se advierte que alguna de las agrupaciones políticas, grandes o pequeñas, trabajen para formular en programa concreto capaz afrontar y revertir la enorme crisis que dejará como pesada herencia la actual administración. Tras un eventual triunfo de la oposición, ¿cuáles serían las medidas inmediatas a adoptar frente al devastador escenario que tendrá ante sí? Por ahora la conformación de un frente electoral parece ser la preocupación excluyente de buena parte de la clase política, que trata de armonizar ambiciones personales y desconfianzas mutuas.
Son escasas las figuras de relevancia nacional que plantean el problema del urgente quehacer post-eleccionario, aspecto básico a la hora de pedir el voto a las clases más castigadas por el actual gobierno. Los dirigentes no deberían olvidar que esos mismos sectores ya sufrieron un engaño con las promesas incumplidas que ofreció la alianza Cambiemos para acceder al poder. La estrategia publicitaria que abundó en propuestas tan seductoras como engañosas rindió buenos frutos electorales para ese espacio político. Logrado el objetivo construyeron una estructura de poder soportada por las corporaciones mediáticas, un Poder Judicial colonizado y un desmesurado crecimiento del aparato represivo.
La circunstancia podría repetirse, con el auxilio de otros algunos institucionales -la misma Justicia o el sindicalismo colaboracionista, por ejemplo- que han sido cooptados por los intereses del gobierno que tendrían mucho que perder ante la irrupción de una nueva fuerza política que otorgue prioridad a la atención de las clases populares. Por insólito que parezca se han alzado voces que advierten sobre la posibilidad de que se intente alguna forma de fraude electoral si los vientos políticos son adversos al oficialismo.
De allí que urge pensar en las acciones de gobierno que deberían desplegarse a partir de un posible triunfo electoral de la oposición porque de ello depende el futuro de millones de argentinos. La constante falsificación de la realidad, la manipulación informativa debería ser contrarrestada con propuestas claras y firmes sobre el quehacer inmediato al acto eleccionario, y en todos los aspectos. No debe olvidarse que, hasta poco tiempo, cuando la economía comenzó a desbarrancarse hasta los tremendos límites actuales, una sensible porción de la sociedad avalaba las políticas gubernamentales pese a que son manifiestamente contrarias a sus intereses. El gigantesco aparato propagandístico a disposición del gobierno tiene como objetivo final mantener esa expectativa favorable hasta octubre.