Razón de ser y necesidad de becas y de la gratuidad

Señor Director:
Al comenzar la semana pasada la presidenta de Chile pudo anunciar la vigencia de una ley que acababa de votar el congreso, por la cual se avanza de manera importante en el objetivo de restablecer la gratuidad de los estudios universitarios.
La presidenta Bachelet había asumido el compromiso de lograr esta ley para iniciar el retorno a una gratuidad que existió hasta que hace tres décadas (dictadura de Pinochet) se volvió a la pauta conservadora que habían mantenido durante mucho tiempo los sectores dominantes de la sociedad chilena. Por ahora, este beneficio regirá desde 2016 y beneficiará a unos 178 mil estudiantes de las universidades públicas. Todavía se excluye a los que proceden de familias de altos ingresos, pero Bachelet espera que rija para todo alumno en un proceso que debería culminar en 2020. Las universidades privadas pueden ahora adherir al nuevo sistema y si no tienen finalidad de lucro podrán traspasar al Estado el costo de los aranceles que dejen de regir. Como se aprecia, se ha dado un gran paso, pero todavía queda mucho camino que recorrer. Por ahora tampoco están incluidos en la gratuidad los institutos profesionales y los centros de formación técnica, pero la ley incrementa el sistema de becas (ahora habrá 140 mil más) de mil y mil doscientos dólares.
Puede sorprender esta resistencia al avance de la gratuidad y del sistema de becas, pero sucede que en Chile se va saliendo paulatinamente del estado de cosas que impuso la dictadura, aparte de que en el país trasandino las tendencias conservadoras han sido más fuertes que de este lado de los Andes. Dichas tendencias continúan la resistencia tradicional no solamente de la gratuidad de la enseñanza sino también a su universalidad. Esta disposición, conocida con el nombre de oscurantismo, ha estado desapareciendo muy lentamente en el mundo occidental. Cada avance hacia la educación universal e igualitaria y también gratuita pues la financia la sociedad toda, ha costado siglos de gestión perseverante de los grupos llamados progresistas. Persiste y seguramente durará aún mucho tiempo la resistencia a los avances en esta dirección porque incluso en los grupos sociales de menores ingresos se manifiesta una forma de resistencia a las becas y a la gratuidad, casi siempre asentada en la idea de que lo que se tiene sin esfuerzo conspira contra lo que suele llamarse cultura del trabajo.
La réplica a esa resistencia es conocida. Por un lado, existe una sociedad desigual y la idea democrática exige avanzar en los procesos de inclusión que tienen por meta la participación igualitaria en los bienes de la ciencia y la cultura, tanto porque es una exigencia del principio liminar de Igualdad como ante la evidencia de que los avances que se han venido produciendo están indudablemente ligados a la posibilidad de una mayor disponibilidad de talentos individuales no desaprovechados.
En cuanto a la cultura del trabajo, quienes han hecho el recorrido de todos los niveles de la enseñanza saben que las obligaciones ponen a prueba a cada individuo y los que superan las metas sucesivas han debido someterse a severas exigencias personales, venciendo tendencias y creencias que cuestionan o no terminan de entender la necesidad de tanto esfuerzo.
Es frecuente escuchar que se cuestionan las becas que permiten completar estudios, sobre todo los de posgrado en las naciones más desarrolladas por pensarse que si éstas las dan es porque esperan influir en la actitud política de esos becarios. Este recelo puede tener fundamento, pero el riesgo que exista se diluye si las naciones menos desarrolladas tienen políticas de inclusión social y generan oportunidades ciertas y continuadas para estos becarios.
No menos importante es que las becas también son consecuencia de una conciencia igualitaria y valoran la generación de oportunidades para todos.
Atentamente:
JOTAVE