miércoles, 23 septiembre 2020
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Rebelión en un mundo feliz

DOMINICALES

En la década de los ’90, cuando se discutía el uso de las cámaras ocultas como método de investigación, y su efecto en la intimidad personal, el catedrático Rafael Bielsa -quien luego sería canciller argentino- solía fijar su postura en términos sencillos: «yo no tengo nada que ocultar, así que fílmenme todo lo que quieran». Su paso por la función pública parecería certificar esta afirmación. Pero treinta años más tarde, la cuestión dista mucho de ser tan sencilla.

Orwell.
Hoy las cámaras ya no son ocultas, y están en todas partes. En las calles, los negocios, los bancos, los cajeros, los centros comerciales. Nos filman a toda hora, sin pedirnos permiso, y encima nos piden que «sonriamos» a la cámara. Conforme la sólida denuncia de Edward Snowden, el gobierno de EEUU incluso espía y filma a millones de personas en todo el mundo a través de las cámaras de sus computadoras.
Y eso no es todo: los teléfonos «inteligentes» que usamos para todo, rastrean nuestros pasos y los informan a grandes bases de datos. Las aplicaciones que bajamos, para perder peso, grabar música, identificar plantas o conseguir novia, también recaban nuestros datos personales y los acumulan para luego ser vendidos.
Hay una obvia intención comercial en todo este abuso. No sólo la comercialización de nuestra información personal, sino también, la definición de nuestro perfil como consumidores para hacernos ofertas personalizadas. Es probable que en diez años ya no existan más publicidades genéricas: cada uno de nosotros será perseguido por avisos diseñados especialmente para satisfacer nuestros consumos específicos, que incluso nos llegarán en el momento del día en que estemos más propensos a prestarles atención.
Y es que los algoritmos diseñados por las grandes compañías nos conocen mejor que nosotros mismos.

Ruedas.
Mucha gente no parece preocuparse demasiado por estos avances de la tecnología sobre nuestra intimidad.
Mediante una tecnología en auge, denominada «software de reconocimiento facial» (SRF) todas esas fotos nuestras que van siendo acopiadas, pueden ser utilizadas por la policía, comparándolas con fotos de documentos de identidad o carnés de conductor, en la investigación de delitos. Lo cual nos coloca en la posición virtual de formar parte permanente de una rueda de reconocimiento de sospechosos. Y eventualmente ser sometidos a proceso en base a esas comparaciones.
Desde luego, esta posibilidad violenta no ya nuestra intimidad, sino también nuestro derecho constitucional al debido proceso. Particularmente, si se tiene en cuenta que el «reconocimiento facial» dista mucho de ser infalible, particularmente (¡sorpresa!) cuando el retratado tiene ancestros africanos.
Y claro, una cosa es que nos persiga la maquinaria publicitaria, y otra muy distinta que se nos venga encima el sistema penal.

Represión.
Pero hay implicancias aún más graves para el sistema democrático. Así como la tecnología SRF puede ser usada por Facebook para identificar a nuestros amigos en las fotos que subimos, también puede ser usada por el gobierno para identificar a los participantes de marchas políticas.
Y es aquí que la cosa se pone complicada. Ya bastante expuestos estamos con nuestra navegación por internet, y en particular, por las redes sociales. Si los algoritmos se van a encargar de elaborar nuestro perfil como consumidores, pero también como ciudadanos, para luego vender esa información al mejor postor, ¿qué queda luego?
¿Acaso -como alguien ha sugerido- comenzarán a intervenir en nuestra elección de parejas? Si nos conocen mejor que a nosotros mismos, y pueden juzgar la compatibilidad entre personas sobre bases científicas y millones de datos acumulados, ¿por qué dejar estas cuestiones en manos de un sistema tan poco fiable como los sentimientos?
¿Por qué no les entregamos todo el poder, y los dejamos decidir qué comeremos, cuándo iremos al médico, cuándo purgarnos u operarnos? ¿Por qué no dejarlos decidir la fecha de nuestra muerte, si seguramente saben a partir de qué momento seremos menos felices y productivos?
Todo esto puede parecer especulación, pero no lo es. Las aplicaciones para celulares actualmente en uso contienen varios de estos atributos. Las de música nos dicen qué es lo que nos gusta. Las de citas, nos indican exactamente la persona que nos conviene. Y las dedicadas a la salud, captan todos nuestros datos médicos (que obviamente, aunque privados, se transforman en mercancía) y nos diseñan un camino hacia la felicidad.
Comparado con nuestro presente, las historias de George Orwell y Aldous Huxley parecen cuentos infantiles.

PETRONIO