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Reforma urgente

Si algo faltaba para demostrar que el Poder Judicial necesita una reforma urgente, y no solo en su aspecto formal, es el escándalo que acaba de saltar ahora y que involucra a jueces y fiscales del fuero federal porteño. El antecedente de la «mesa judicial», un esperpento que dejó de lado todo escrúpulo y acatamiento a la división de poderes, y de las escuchas ilegales, que debía controlar nada menos que la Corte Suprema, venían indicando, sin asomo de duda, la necesidad imperiosa de introducir cambios sustanciales en el funcionamiento del aparato judicial.
Ahora, con el destape del maridaje espurio de magistrados que visitaban habitualmente y en calidad de «amigos» a Mauricio Macri en la Quinta de Olivos, en coincidencia temporal con sentencias adversas para los opositores políticos del expresidente, el vaso se terminó de llenar. Eso es corrupción, con todas las letras, aunque en los grandes medios porteños no se use esa palabra al hablar del tema. Se entiende, ellos también formaron parte activa de las operaciones.
Las reacciones inmediatas estuvieron a la altura de la gravedad de lo sucedido. Tanto los pedidos de nulidad de las resoluciones judiciales como de apartamiento de los jueces en las causas que contaminaron con su presencia. Todos esos magistrados debieron excusarse de intervenir por haberse involucrado tan estrechamente con una de las partes: el expresidente que representaba al Estado como querellante contra Cristina Kirchner y muchos de sus exfuncionarios.
Hasta el hermano de Santiago Maldonado le apuntó a uno de los integrantes del máximo tribunal penal del país al recordar cómo con su enorme poder obstaculizó las investigaciones, se negó a apartar a un juez a todas luces insolvente y sometido a las entonces autoridades nacionales y convalidó el espionaje ilegal que padeció la familia del joven fallecido por el pecado de exigir justicia.
No alcanza con poner rostro compungido y señalar que estos jueces se apartaron de las conductas «esperables» o que pecaron de falta de independencia. Porque todo ello ocurrió sin que ningún resorte se moviera en la maquinaria del Poder Judicial. Los jueces «molestos» fueron removidos y reemplazados por otros puestos a dedo y sin concursar los nuevos cargos. El macrismo hizo y deshizo a su antojo y no hubo en toda la estructura judicial ningún obstáculo a semejante desenfreno de autoritarismo antidemocrático. Por el contrario, hubo obediencia debida.
Es cierto que para llevar a cabo cambios profundos en el Poder Judicial se requiere de una reforma constitucional, instancia que hoy es impensable con la actual conformación del Congreso. Pero sí se puede avanzar con medidas que vayan preparando el terreno para lograr en un tiempo prudencial ese cambio imprescindible para garantizar la democratización de un poder del Estado que mantiene antiguos resabios aristocráticos.
La cooptación de la burocracia tribunalicia por parte del poder económico, del mismo modo que hasta el siglo pasado lo supo hacer el poder militar cada vez que tumbaba a un gobierno surgido del voto popular, muestra que de los tres poderes de Estado el Judicial es el más frágil, el más maleable, el que tiene menos anticuerpos democráticos frente a los desbordes autoritarios.
Y ahora volvió a quedar de manifiesto una vez más.