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Rehenes de la grieta

Varios sectores de la oposición política han manifestado su rechazo a la designación de Ricardo Alfonsín como embajador argentino ante el reino de España. Como el ofrecimiento fue aceptado -luego de varias insistencias de parte del actual presidente- hubo un sector de la juventud radical que solicitó su expulsión de las filas partidarias. Otros dirigentes interpretaron su actitud como una suerte de traición a los principios partidarios, y en particular, a los sostenidos por su padre, el ex presidente durante 1983-1989.
Resulta curioso que uno de los críticos más enconados haya sido un dirigente mendocino que en 2007 aceptó una candidatura a vicepresidente dentro de la fórmula del Frente para la Victoria, y luego alcanzó triste fama por abandonar esa fuerza apenas medio año después de asumido el gobierno, con su recordado «voto no positivo» por las retenciones agropecuarias. Este antecedente no le conferiría una gran autoridad para juzgar las supuestas traiciones ajenas.
Es casi un golpe bajo que se acuda a la figura del padre para descalificar al flamante embajador. Hay que recordar que el entonces presidente electo por la UCR le ofreció un cargo en la Corte Suprema de Justicia a su contendiente en las elecciones de 1983, el peronista Italo Lúder. Que éste no aceptara el cargo tiene más que ver con una falta de comprensión del gesto, y con el estado de crispación de la política nacional: pero está claro que Alfonsín padre siempre priorizó el diálogo, los acuerdos, y hasta llegó a hablar de un «tercer movimiento histórico» que superara la antinomia peronismo-radicalismo.
El gesto del actual presidente se inscribe en esa tradición: claramente lo que se está buscando es desactivar ese sistema perverso denominado «grieta», según el cual las facciones políticas del país serían incapaces no ya de dialogar, sino también de convivir. Ese sistema podrá haber dado buenos dividendos electorales, pero cuando se trata de gobernar y resolver los problemas del país -que los tiene y en abundancia- es un pasaporte seguro al fracaso.
Para evaluar una designación en el servicio diplomático debe necesariamente adoptarse una perspectiva internacional. Resulta claro que para España -nuestro principal aliado en Europa- será un dato de civilización de parte del gobierno argentino que se designe a un opositor como embajador. Para no hablar de la resonancia que tiene, en la madre patria, el apellido Alfonsín. En momentos en que la cuestión de la deuda externa vuelve a colocarnos en una posición de notoria debilidad internacional, esas relaciones serán cruciales.
A todo esto, a nadie se le ha ocurrido evaluar la solvencia del nuevo embajador para ese cargo. Y es que desde ese punto de vista el nuevo embajador resulta irreprochable: no sólo por su formación y larga trayectoria política -fue candidato a presidente de la nación- sino también por su capacidad de diálogo y afabilidad. Por otra parte, parece indudable que en Madrid sabrá poner los intereses nacionales por encima de los de su facción política.
Sólo el tiempo dirá si su gestión habrá sido o no exitosa. Con los elementos actuales, no hay razones objetivas para cuestionar su designación.