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Religión y política

Hasta los años cincuenta del siglo pasado dos corrientes religiosas, ambas de raíz cristiana, dominaban la escena nacional: catolicismo -francamente mayoritario- y evangelismo -llegado a estas tierras con la inmigración europea influida por la reforma protestante-.
Por imperativo de la fe o por designios que pueden reconocer motivaciones políticas, por esos años en el panorama nacional comienzan a aparecer otras iglesias, de corte protestante, surgidas originalmente en EEUU. La tendencia se extendió por casi todos los países de la América Latina.
Esta singularidad religiosa reconoce como uno de sus pilares la gran cantidad de iglesias autoproclamadas «cristianas» que hay en el país del norte: se estima que entre todas ellas superan el centenar. Muchas -no todas- abrazan un fundamentalismo bíblico basado en la interpretación textual de las Escrituras, en algunos casos en abierta contradicción con la ciencia moderna.
Lo más llamativo es que muchas de esas congregaciones comienzan a expandirse hacia América Latina en el siglo pasado, muy pocos años después del surgimiento de la llamada Teología de la Liberación, un movimiento renovador de la Iglesia Católica caracterizado por «la opción preferencial por los pobres», y que incluía entre sus fundamentos la primacía de la dignidad humana y convocaba a la liberación económica, política y social de los pueblos sometidos a condiciones de pobreza y explotación extremas. Es fácil advertir que esos postulados entraban en franca contradicción con los principios mismos del sistema capitalista de libre mercado.
Esa postura no fue compartida por amplios y retrógrados sectores del catolicismo tradicional, a tal punto que lograron silenciar a los principales teóricos de la TL; pero, paradójicamente, les allanaron el camino a las iglesias protestantes norteamericanas de perfil conservador.
Tal conclusión no es gratuita: al margen de su fuerte presencia en países menores, nada menos que Brasil tiene hoy por presidente a uno de esos fundamentalistas que proclama el racismo, la homofobia y el antifeminismo; para peor reconoce como guía espiritual a un astrólogo.
En ese mismo país, por primera vez en la historia los cristianos evangélicos superan por un punto porcentual -46% a 45%- a los católicos en la región del norte amazónico; la sorprendente noticia enfatiza que esos grupos son mayoritariamente pentecostales y neopentecostales. A la natural preocupación de la Iglesia Católica en el plano espiritual se agregan algunas coincidencias que no parecen casuales: la Amazonia, por su ubicación y posibilidades, es una de las regiones geopolíticamente más importantes del planeta, largamente apetecida por EEUU, país al que el actual presidente brasileño ha dado permiso para instalar una base militar de «ayuda humanitaria».
En los dramáticos y violentos acontecimientos que sacuden a Bolivia el avance ideológico-religioso se ha evidenciado con flamígeras proclamas y discursos del sector golpista, pleno de consignas bíblicas y con la misma presencia del Libro como estandarte. El colmo estuvo en la asunción de la nuevas «autoridades» que lucieron una Biblia gigante en una ceremonia de un país constitucionalmente laico y plurirreligioso.
Con tamañas evidencias se impone una pregunta: semejante giro en las formas de la fe ¿obedece a cambios espirituales espontáneos y masivos en la sociedad o a un plan promovido por los estrategas de la política exterior de Washington?