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Remembranzas de aquella batalla por la 125 de la soja

SOLO ALGUNOS PROTAGONISTAS SIGUEN CON IGUALES POSTURAS

En 2008 se libró una batalla política-ideológica y en las rutas a raíz de las retenciones móviles a la soja. Hoy hay amagues, sólo amagues, de reeditarla.
SERGIO ORTIZ
El 11 de marzo de 2008 el Ministerio de Economía, en la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, emitió un decreto con la resolución 125 que aumentaba las retenciones a la exportación de soja, haciéndolas móviles. Si aumentaba el precio internacional del poroto, subía la retención y si por el contrario el precio disminuía, la retención bajaba.
En ese momento lo que pagaban los productores, unos 65.000 en todo el país, era el 35 por ciento, que les parecía confiscatoria (hoy no quieren abonar el 30%). Como la cotización de las commodities estaba subiendo, su expectativa era que toda esa ganancia extraordinaria fuera para ellos. Sólo para ellos.
Y esas ganancias enormes al alcance de la mano eran un impulso a la gula de «todo para mí»: la tonelada había cotizado en Chicago a 281 dólares en junio de 2007 y un año después lo hizo a 578.
Así se detonó una pelea política-ideológica. El gobierno nacional fue derrotado mucho antes de aquella madrugada en que el vicepresidente Julio Cleto Cobos emitió su voto «no positivo» y privó de la media sanción al proyecto que venía ganancioso desde Diputados.
Esa fue la frutilla podrida del postre, porque en la batalla de ideas el lobby sojero, con apoyo de partidos de derecha como el naciente PRO (Mauricio Macri y Federico Pinedo), los de centro-derecha como la UCR (Ernesto Sanz) y la Coalición Cívica (Elisa Carrió), más algunos que dicen ser de izquierda, como el MST (Vilma Ripoll) y el PCR (Otto Vargas), habían impuesto su tesis: el supuestamente corrupto gobierno kirchnerista quería robar los frutos de su trabajo «al campo».
En esa ficción el damnificado era tanto el peón como el sojero, el chacarero y el terrateniente; supuestamente todos ellos se levantaban a las 6 de la mañana a trabajar, de sol a sol.
Ese planteo de las cosas no lo pudieron llevar a la victoria sin la participación protagónica de Clarín y la parafernalia mediática, que puso todo su ejército de incomunicación para que el argentino medio, y no sólo las viejas conchetas de Recoleta, vieran esa película como la realidad.
Con todos esos socios y mascarones de proa los grandes vencedores fueron los popes de la Mesa de Enlace Rural, capitaneada por la antigua Suciedad Rural en ese momento presidida por Luciano Miguens y Hugo Biolcati de vice. Completaban las otras tres patas de la Mesa la CRA, Coninagro y Federación Agraria, conducida por Eduardo Buzzi.
Uno de los piquetes más agresivos era el que cortaba la ruta 14 a la altura de Gualeyguaychú, liderado por un productor, Alfredo de Angelis, orador rudimentario al que le faltaba un diente delantero. Después de aquella victoria fue senador entrerriano. Sigue siendo básico, pero con dentadura completa.

Unos siguen, otros se dieron vuelta.
Imponer retenciones es una facultad constitucional previsto en el artículo 75 de la Constitución y un presidente puede decretarla, por sí o por Economía.
La mayoría de los gobiernos, y también las dictaduras, tuvieron retenciones, más o menos altas. Por un lado, porque hay una razón fiscal y política: el Estado necesita captar fondos para aplicar sus políticas y, algo que no siempre se cumple, redistribuir en favor de los que menos tienen. Por otro lado la razón del derecho de exportación es limitar cierta producción en beneficio de otra, y evitar que los mayores precios internacionales arrastren a los precios internos de productos relacionados con la alimentación.
Por eso estuvo muy bien la resolución 125 y también llevarla al Congreso ante el batifondo que armaron la Mesa de Enlace, la derecha y Clarín. Lamentablemente ya vimos cuál fue el resultado. A la Exposición de Palermo de ese año, al primer toro que llegó lo bautizaron «Cleto».
La remembranza procura que la memoria histórica recuerde quiénes fueron los intereses privilegiados que voltearon la 125, comenzando por la Suciedad Rural. Su lema: «cultivar el suelo es servir a la patria». ¿Cuál patria? La patria sojera, la patria financiera, la patria offshore…
Antes Miguens y Biolcati, más recientemente Luis M. Etchevehere y ahora Daniel Pelegrina. Los nombres cambian, pero las entidades siguen siendo las mismas: SRA, CRA, Carbap, Coninagro, FAA, Clarín Rural y el resto del agrobusiness de Monsanto, Nidera, Expoagro, Aapresid.
En la vereda de enfrente, mucha gente. Cristina ahora como vicepresidenta, parece no haber renegado de la 125 como lo hizo rápidamente quien firmó la resolución, el ministro Martín Lousteau, de los radicales aliados del macrismo, reemplazado en la cartera por el fugaz Carlos Fernández.
En las filas kirchneristas hubo muchas deserciones. El entonces jefe de Gabinete, Alberto Fernández, disconforme con la 125, presentó su renuncia el 23 de julio de 2008 y lo reemplazó otro oportunista, Sergio Massa.
Otros que sirvieron a la Mesa de Enlace y estuvieron años en la oposición al kirchnerismo fueron los dirigentes de la CCC y PTP-PCR. Uno de ellos, Juan Carlos Alderete, hoy es diputado nacional del Frente de Todos. En 2013 fue denunciado por sus excompañeros de haber recibido aportes del Banco Santander y el pool de siembra El Tejar.
Dos que se ganaron el odio de la oligarquía fueron Luis D’Elía y Amado Boudou. No cambiaron de bando. Luis está preso y enfermo en Ezeiza, y Boudou también. Si los «Guardianes de la República» llegan otra vez a cortar rutas, como amagaron ayer 150 productores en Bell Ville, habrá que apoyarse en gente como D’Elía y Boudou, no en los Massa, Solá, Duhalde y los hermanos Rodríguez Saá, que en 2008 traicionaron. Más tarde lo hizo quien habló bien antes que Cobos en el Senado, Miguel Pichetto.