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Resistencia en la cocina

DOMINICALES

Mientras el Congreso aprobaba la tan mentada emergencia alimentaria, en La Pampa los vecinos de distintas ciudades protagonizaron una verdadera revolución callada, acudiendo en masa a retirar semillas al INTA para iniciar sus huertas hogareñas. Tal parece que nos pasamos toda la semana hablando de comida.

Gliptosanto.
También esta semana estalló el escándalo del glifosato que un productor desaprensivo rociaba generosamente sobre los vecinos de Miguel Riglos. Esta también es una cuestión de comida, ya que ese pesticida se emplea en la producción de cereales. Con suerte en décadas o siglos venideros, nuestros descendientes se rascarán la cabeza preguntándose cómo podía ser que en nuestro siglo se nos ocurriera que era una buena idea emplear venenos en la producción de alimentos.
Curiosamente esta misma semana saltó a la luz de la gran prensa internacional el caso de Daniel Cueff, intendente del modesto pueblito de Langouët, en la Bretonia francesa (600 habitantes), quien desafiando a su gobierno nacional y a la multinacional Monsanto (hoy absorbida por Bayer), prohibió el uso del glifosato en las cercanías del pueblo ante el alarmante nivel de ese pesticida en los análisis bioquímicos de los pobladores.
El gobierno francés usó todo tipo de artilugios para disciplinarlo -incluso lo acusó penalmente- pero lo único consiguió es hacer de él un héroe popular, cuyo ejemplo ya ha sido seguido por al menos cuarenta pequeños municipios franceses. El presidente Macron, quien debe mostrar algún interés por la ecología puertas adentro -en momentos en que se rasga las vestiduras por los incendios en Amazonas- ha intentado mostrarse comprensivo. «Respeto las motivaciones de Cueff -dijo-, lo que no puedo es convalidar que no se respete la ley». El alcalde, ni lerdo ni perezoso, le contestó que en política lo que cuentan son las acciones, no las intenciones, y que si él no puede proteger la salud de sus vecinos, no hay nadie más que lo haga.
Pocas cosas entran más claramente en la competencia municipal que el cuidado de la salubridad de los poblados. El intendente de Miguel Riglos debería tomar nota.

Semillas.
Y ya que hablamos de Monsanto, imposible no recordar que este pulpo inescrupuloso, además de envenenarnos con sus pesticidas, pretende robarnos nuestro alimento ancestral, al arrogarse la propiedad intelectual sobre semillas de cereales que la humanidad ha venido consumiendo desde la prehistoria.
Por lo que a nosotros respecta, al maíz lo inventó el Inca Viracocha, y bien agradecidos que le estamos.
Por eso emociona el espectáculo de cientos de vecinos movilizándose en busca de semillas para producir su propio alimento, en lo que constituye la salida más saludable y creativa para superar la crisis alimentaria a la que nos somete el neoliberalismo.
En momentos en que las grandes corporaciones pretenden monetizar en su favor todo el tráfico de alimentos del mundo, entrar en la cocina a pelar una cebolla es -aunque provoque lágrimas- un gesto revolucionario.

Lobby.
¿Exageración? ¿Teoría conspirativa? No, si nos atenemos a un reciente reporte de fuente insospechable (el New York Times) que desnuda las tropelías de una organización supuestamente sin fines de lucro, el International Life Sciences Institute (ILSI) que, bancado por las industrias alimentaria y la farmacéutica, se ha infiltrado en los gobiernos de 17 países para influenciar sus políticas de salud.
Muy poco conocido, este «Instituto Internacional de Ciencias de la Vida» supo hacer lobby en los ’80 en favor de las compañías tabacaleras, cuya contribución a la vida es ya conocida. Hoy actúan principalmente en China, India y Brasil (países que ocupan los puestos 1, 2 y 6 en el ranking de los más poblados) y se dedican a impedir que se tomen medidas restrictivas a la comercialización de alimentos dañinos -por ejemplo- para combatir la epidemia mundial de obesidad. En muchos casos, el lobby es tan exitoso que comparten oficinas y personal con los propios cuerpos estatales encargados de preservar la salud de la población.
Con su generoso presupuesto de 17 millones de dólares anuales, provisto por los buenos muchachos de Coca Cola, Pepsico, Danone y compañía, el «Instituto» se dedica a subvencionar supuestos estudios científicos destinados a convencer a las poblaciones incautas de que no hay problema en consumir las cantidades industriales de sodio, de azúcar y de conservantes que aporta la mayoría de los productos alimenticios industriales.
Sus días de anonimato están terminando, y ya la Organización Mundial de la Salud los ha puesto en la mira.
Mientras tanto, como diría Armando Tejada Gómez, «Menos mal que allá abajo, en la mesa del pobre, la sartén no cesaba de freír lo evidente. Menos mal que crecía la rebelión del ajo, y en todas las cocinas resistían los pueblos».

PETRONIO