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Retrato de la concentración

Muy pocas empresas dominan el mercado de los productos de consumo masivo. Este es uno de los problemas más graves de la economía argentina, y tiene un nombre: concentración monopólica u oligopólica. Dos trabajos recientes muestran estadísticas que le ponen números a este fenómeno.
Por ejemplo: el 91% de la venta de caldos saborizantes en el AMBA está en manos de la empresa Unilever; en tanto el 89% de la venta de repelentes, en el mismo distrito, corresponde a diversas marcas de SC Johnson.
Las dos investigaciones que aportan datos precisos sobre el tema aparecen en el libro «Todo precio es político» de Augusto Costa, actual ministro de la Producción de la provincia de Buenos Aires y ex secretario de Comercio de la Nación, y en un trabajo del Centro de Economía Política Argentina (CEPA).
Una comparación que figura en el libro de Costa es reveladora: el 84% de las ventas en supermercados se concentra en ocho empresas de grandes superficies, mientras que el 16% restante se distribuye en 93 firmas de menores dimensiones.
Otros números elocuentes: el 98% de la venta de bebidas gaseosas lo realizan dos empresas: Coca Cola y Pepsico; el 90% de los aceites comestibles los vende Molinos Río de la Plata, Cañuelas y Aceitera Deheza; el 87% del café lo comercializa Nestlé, La Virginia, Molinos y J.G. Padilla; el 82% de jabón para ropa lo vende Unilever.
En general, en 30 categorías de productos de consumo masivo, la facturación corresponde en un 40% o más a una única empresa.
«La alta concentración posibilita la consolidación de grandes grupos económicos con fuerza de mercado y capacidad de presión sobre condiciones de mercado y las políticas económicas», sostiene el CEPA. En otras palabras, cuanto más dominio del mercado tenga una compañía más capacidad tendrá para imponer precios y condiciones. De ahí que estos grandes jugadores que mandan en las góndolas de los supermercados sean correctamente definidos como los «formadores de precios» que tienen, además, suficiente poder de fuego como para desafiar las políticas regulatorias que se intentan desde el Estado.
Lo que menos les gusta a estos gigantes de la economía son los gobiernos que introducen regulaciones para hacer menos despareja la confrontación de intereses entre las grandes y las pequeñas empresas y entre estas y los consumidores. Son férreos defensores de la libertad de comercio sin restricciones porque son, precisamente, los que se quedan con la tajada más grande del negocio, los patrones de la vereda.
No es un fenómeno puramente argentino; en todo el mundo se observa esta realidad, de ahí que en muchos países, incluso en los más desarrollados en donde defienden con entusiasmo la libertad de mercado, tienen leyes antimonopólicas que sancionan con severidad las violaciones a las normas que regulan las condiciones de participación en el mercado y la competencia. Una cosa es el discurso «for export» de esos países centrales dirigidos a los periféricos como el nuestro, y otra muy distinta lo que ellos hacen puertas adentro. Se entiende, muchas de las grandes empresas monopólicas u oligopólicas que operan aquí son de capitales de allá.