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Retrato de un joven poeta

DOMINICALES

Hay una fotografía del joven Edgar Morisoli, de piloto y gorrito, muy bien abrigado para lo que seguramente sería una campaña de agrimensura por el interior pampeano. Delgado y de nariz potente, parece un Kafka de la barda. Quién sabe cuántas horas, cuántas semanas habrá pasado relevando cada centímetro, cada altura y cada hondonada, buscando -literalmente, como lo confiesa en uno de sus poemas- leer la poesía de ese paisaje.

Intérprete.
Su monumental obra poética parece ser una interpretación, no menos sinfónica, de todo lo que le dictó al oído la naturaleza pampeana en aquellas campañas interminables. Incluyendo, desde luego, la voz de los pájaros que tan bien sabía imitar… la diuca, responsable del alba; el cardenal, sin cuyo decir tampoco existen las abras ni la noche.
Qué paradójicamente adecuado el oficio de topógrafo para este perseguidor de las palabras. No porque no existan antecedentes (Scalabrini Ortiz o Thoreau vienen a la memoria), sino porque los legos sospechamos de ese intento de medir el mundo en números. Pobres de nosotros. Para Edgar, el teodolito era en realidad un telescopio hacia el cosmos.
Una forma de ver su obra es, precisamente, como una interpretación de La Pampa, cuyos paisajes, paisanos y pasajes la inundan. Otra visión es la que propone Oscar Wilde, cuando dice que el Japón es un invento del pintor Hokusai. Acaso con el pasar del tiempo resulte una obviedad, pero es probable sea la voz de Edgar la responsable del alumbramiento pampeano.

Legados.
Es justo que se lo recuerde como un enorme poeta, cuya palabra nos acompañará en el futuro, siempre nueva, frente a las nuevas realidades que nos sorprenderán ya sin su presencia guía. Y es que un poema puede leerse, físicamente, en pocos minutos. Pero la poesía auténtica tiene el don, como el vino, de agradar, alimentar, y también de provocar el ensueño y la iluminación duraderos.
Sin embargo, hay muchas otras dimensiones de su talento. Su estatura como intelectual, una de ellas. Afortunadamente la editorial Amerindia tuvo el tino, hace unos años, de recopilar y publicar su obra ensayística, donde analiza con rigor y profundidad todo aquello que su poesía nos hace intuir.
Es de celebrar también la idea de recopilar sus numerosísimas intervenciones en presentaciones de libros, a las que era convocado con frecuencia, y a las que respondía con la misma generosidad y compromiso, sin importarle la estatura del colega que publicaba. Muchas de esas piezas constituyen obras maestras, muestras de una erudición exquisita que Edgar prodigaba, siempre, sin asomo alguno de pedantería.

Militancia.
Y aquí está la parte de su legado que más nos interpela: la de su permanente actitud militante, a la que se consagraba con fervor juvenil. No sólo su conocido compromiso en la lucha por los ríos pampeanos, a la que siempre prestó su voz, incluso cuando el tema desapareció de la agenda oficial. No sólo su labor señera en la fundación y forja de la Asociación Pampeana de Escritores, una institución cultural que va para los cuarenta años de existencia, y que sigue vital, allí donde otras instituciones hijas del renacimiento democrático han languidecido.
Había en él otra cosa, una micro-militancia diaria. La de asistir a todos, absolutamente todos los actos culturales que la salud le permitía (tarea ésta en la que su compañera, Margarita Monges, era socia inseparable). La de llamar por teléfono a cada escritor o escritora que publicaba un libro, no sólo para felicitarles, sino también para comentarles su detenida lectura del texto. La de estar presente en cada marcha donde se reclamaba por la vigencia de los derechos humanos, o se luchaba contra los conatos fascistas que supimos padecer, no hace tanto, por estos lares.
Y, en los últimos años, su urgencia por producir y publicar, frenéticamente, con una energía que ya querrían otros artistas, de la mitad y hasta de un tercio de sus años.
Con Edgar se va un Padre de todos nosotros. Un padre benevolente y generoso, eso sí. No es probable que se nos aparezca en sueños para atormentarnos, como el espectro del padre de Hamlet. Ni que nos reproche nuestras defecciones, como Julio César a Brutus: ¿tu también, hijo?
Pero semejante legado, con todo lo que se agradece, pesa bastante también. Y parece que habrá una sola forma de honrarlo. Así como él perseguía su utopía: a cada minuto, a cada centímetro, a cada palabra.

PETRONIO