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Ricardo Nervi y su valioso legado

El transcurrir del tiempo en la tierra que habitamos suele evidenciarse por sucesos que la actualidad hace pasar desapercibidos. Pero no siempre es así y se advierte en el relevo de las generaciones, el centenario de los pueblos que surgieron según el avance del ferrocarril o el recuerdo de ciertas figuras señeras y significativas para la sociedad. Entre las últimas, como un mojón que contribuyó a jerarquizar la cultura pampeana, aparece la de Juan Ricardo Nervi.
Nervi, como otros de parecido calibre intelectual y humano, fue una persona de cuyo nacimiento bien merece la palabra conmemoración, es decir, rememoración en un sentido positivo. Tempranamente captó las esencias que identifican a la sociedad pampeana: historia, inmigración, esperanza, paisaje… Posiblemente fue el primero que con esos elementos fundamentales, y otros, bregó porque se fuera autogestionando el carácter de una provincia nueva que venía del despojo y la frustración evidenciada en el robo de sus ríos, en el achicamiento de sus límites, en la postergación de sus habitantes originarios, en la épica de su poblamiento con el aporte de núcleos humanos miserables expulsados por el Viejo Mundo. La particular sensibilidad de Nervi supo ver y rescatar una épica en donde interactuaban lenguas, tipos raciales, tradiciones, religiones, rasgos que bien mirados pueden sintetizarse en una palabra: cultura, pero cultura entendida como una dimensión dinámica que apuntaba naturalmente al surgimiento de una sociedad con personalidad propia, respaldada en el paisaje.
Lo singular y valedero es que esa actitud surgió de aquellas particularidades de la gente pampeana y prácticamente no tuvo límites en su expresión personal: deporte, ensayo, literatura, pedagogía, investigación en campos diversos… Toda esas actividades -y acaso más- basadas en una franca actitud de militancia política en favor de los postergados. Esas multiplicidad, esa globalidad en la forma de entender la cultura lo hermanó con personalidades similares e igualmente valiosas: Edgar Morisoli, Chino Amieva y otros que, con un poco menos de relieve, escapan al recuerdo.
Por cierto que esas militancias le causaron no pocas tristezas. Censuras y cesantías fueron frecuentes en su carrera, pero siempre lo guiaron la esperanza y el convencimiento de que, tras la obra, vendrían los discípulos, como efectivamente ocurrió; que en su tan amada «aldea gringa» (tras la cual se representaba la mayoría de los poblados de La Pampa) iban cohesionándose las generaciones que indagaban el cómo y el porqué de la realidad pampeana y que comenzaban a expresarse en su música, en su poesía, en su literatura, que surgían como propias y originales. El mismo daba el ejemplo insólito de aportar la geología a la canción con un tema emblemático que, junto con otros, ha pasado a ser bandera del cancionero pampeano: «La Pampa es un viejo mar».
De todo lo mencionado, y más, el recuerdo del centenario de su nacimiento es un homenaje asumido por todos los pampeanos. Y muy especialmente por «su» pueblo al que contribuyó a consolidar bregando por una identidad cultural ciertamente discutida por los necios, pero ya imposible de negar: la pampeanidad.