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Ricos eran los de antes

DOMINICALES

Hubo un tiempo en que los millonarios sabían mantener la dignidad. Y lo hacían básicamente recluyéndose en sus mansiones rodeadas de parques y laberintos vegetales infinitos, huyendo del ojo del público, acaso sabedores del absurdo de ese mundo exterior donde ellos, con su obscena acumulación de riqueza, eran otra anomalía más. Una suerte de fenómeno de circo. Y de paso, recluyéndose eludían también el mangazo de las fundaciones mendicantes y de los artistas buscadores de mecenas.

Reclusos.

Acaso el millonario recluso más famoso haya sido Howard Hughes, heredero de una fortuna petrolera en Texas, devenido en aviador (retratado en el cine por Leonardo di Caprio) y en productor cinematográfico. Sus últimos años los pasó encerrado, dedicado a excentricidades tales como alimentarse sólo a base de helado, y coleccionar sus deposiciones corporales, que mantenía envasadas y próximas, y se negaba terminantemente a desechar.
Pero claro, todavía quedan millonarios a la vieja usanza, básicamente los que llevan algunas generaciones viviendo en el privilegio, lo que en el mundo anglosajón se conoce como «old money»(dinero viejo).
No es el caso de los nuevos ricos actuales, sobre todo los que se forraron con la nueva ola informática, a los que no les basta el poder del dinero: quieren también ser figuras públicas, dar clases de cómo hay que vivir, posar de filántropos y, en general, hacer el ridículo exponiendo sus vidas privadas. Sus egos inflados los han convencido de que son inmortales, y de hecho dedican buena parte de sus millones a la investigación médica para prolongar la vida humana (la de ellos, claro) y acaso para postularse como dioses.

Espacio.

En su aburrimiento, ahora han descubierto un hobby nuevo: el turismo espacial. Y vaya si compiten con ese chiche: estas últimas dos semanas pudimos ver cómo dos de estos personajes, a bordo de sus respectivas «naves», hacían un breve viaje al espacio para mostrarle al mundo lo geniales que son.
El que picó en punta fue el británico Richard Branson, titular de un emporio económico Virgin, que incluye un par de centenares de empresas. En sus modestos comienzos de emprendedor, el hippy Branson vendía discos de segunda mano, para luego fundar su propia casa de venta de discos (los famosos Virgin Megastores de Gran Bretaña) y hasta su propio sello discográfico.
Curiosamente su primer lanzamiento discográfico fue un disco extrañísimo, compuesto por un joven guitarrista que tocó todos los instrumentos en la obra, y que representaba la epítome de los excesos y autoindulgencias del rock sinfónico. El músico era Mike Oldfield, el disco se llamó «Campanas tubulares», y fue un éxito enorme: hasta llegó a ser empleado como música de la película «El exorcista».
El viejo hippy se mostró ahora, flotando en la cabina de su avión espacial, recitando el credo del neoliberalismo: «miren lo que podemos lograr ni nos lo proponemos». Frase cuya contracara es: si Ud. no tiene dinero es un fracasado, y es culpa suya por no esforzarse lo suficiente.

Amazonia.

El que le siguió en la carrera espacial fue Jeff Bezos, fundador de Amazon, hoy por hoy, el hombre más rico del mundo (esa carrera sí la ganó: Branson, por el contrario, apenas está en el puesto número 286 en el ranking mundial de fortunas). Él también se autofilmó, flotando en el espacio, vestido con un trajecito de Viaje a las Estrellas, y también tenía un mensaje para compartir con nosotros los mortales: «Gracias a todos los empleados y todos los clientes de Amazon, porque Uds. pagaron todo esto».
Con otra formulación, el mensaje es el mismo: «miren qué genio que soy, manga de imbéciles». No faltó quien le recordó que los empleados de Amazon trabajan en condiciones inhumanas, que la empresa los priva de su derecho a la agremiación, y que esa compañía es una de las que más se enriqueció durante la pandemia, a costa del sufrimiento y la muerte de millones.
Difícil elegir cuál foto de Bezos lo retrata mejor. Si ésta, con el traje espacial y sombrero de cowboy (¿nadie le dijo que es el mismo atuendo de la escena final en «El Doctor Insólito» de Stanley Kubrick?) o las fotos íntimas que le mandaba a su amante en pleno proceso de divorcio, que alguien hackeó de su teléfono y publicó en internet.
Será que los años nos ponen nostálgicos, pero uno extraña a Howard Hughes con sus frasquitos. No hay caso, ricos eran los de antes.

PETRONIO