Río Colorado: el futuro ya llegó

Los promedios son un artilugio estadístico que suelen llamar a engaño al resultar de la mezcla de valores que pueden ser muy diversos. Una evidencia de lo dicho podrían ser los caudales medios del río Colorado, surgidos del menor escurrimiento que registra en otoño-invierno, y estimados en el orden de los 70 metros cúbicos por segundo. En los tiempos actuales hay razones fundadas como para tomar los valores resultantes de esa media ya que, desde hace aproximadamente una década, el río está por debajo de sus valores históricos, tanto anuales como máximos y mínimos.
Esa tendencia hacia una reducción en la circulación del agua se ha hecho más evidente por estos días debido a una menor cantidad de nieve caída en la cordillera (recordemos que el Colorado tiene un régimen casi netamente nival). Para algunos estudiosos esa circunstancia de escorrentías disminuidas se inscriben en un cambio climático que parece estar produciéndose en todo el planeta; para otros es uno de los ciclos restringidos al nivel regional o continental.
Lo cierto es que los valores actuales de escurrimiento del río están muy alejados de los correspondientes a esta época del año y hay ya una perspectiva de problemas que no solamente conciernen al aspecto físico de la cuenca sino también al humano y político. Sin ir más lejos, la pronunciada bajante del Colorado prácticamente anula las aduanas que impiden el paso de carne vacuna hacia la provincia de Río Negro ya que, como ocurrió en otras ocasiones, los animales pasan caminando de una a otra orilla.
Pero es en los aspectos técnicos e hidrológicos donde ese mínimo de caudal se vuelve muy problemático. En principio por un detalle que La Pampa ha repetido en las reuniones del comité de cuenca, curiosamente no siempre acompañada por el resto de las provincias: cualquier bajante, natural o provocada, que alcance ciertos niveles mínimos pone en riesgo a las áreas regadas por tomas libres, que no son pocas en los diversos tramos del río, muy especialmente en el último en donde está implantada la mayor superficie bajo riego del país. Al respecto Casa de Piedra obra como una reserva regulatoria pero no interminable, ya que el saldo negativo de las erogaciones tiene un límite temporal. Otro dato sugestivo es que, ante los bajos caudales, la represa de Salto Andersen funciona en forma discontinua.
Algo similar puede considerarse con relación a los abastecimientos de agua potable a poblaciones donde -según los propios ribereños- los sistemas extractores ya están en un nivel crítico; si lo sobrepasan habrá que apelar a obras costosas y urgentes ante el riesgo dejar sin agua a importantes poblaciones. Al respecto sería interesante saber cómo y cuándo el problema puede afectar la toma del acueducto que surte de agua a muchas localidades pampeanas, esta capital entre ellas.
La situación también constituye un toque de alerta con relación a la faraónica obra de Portezuelo del Viento, polémica en su actual concepción. Súbitamente las provincias de aguas abajo, que poco y nada acompañaron a La Pampa en su postura preventiva, comenzaron a advertir esta amenaza: ¿Qué pasaría en una situación similar si la represa, tal como se pretende, estuviera manejada por Mendoza? Con los antecedentes que acumula la provincia cuyana nadie duda de que privilegiará sus propios intereses por sobre los del conjunto.
Dentro de un panorama tan inquietante resulta positivo que, ante la contundencia de los hechos, parte de los pobladores ribereños, alarmados, comiencen a movilizarse preventivamente. Entre los rionegrinos, que serían los más afectados en sus cultivos si persisten los bajos escurrimientos, vuelve a mencionarse la idea de un trasvase desde el río Negro, previsto en el Tratado del río Colorado pero inhibida hasta hoy por una visión estrecha y mezquina de su propia dirigencia política.