domingo, 27 septiembre 2020
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¡Santos parásitos y epidemias, Batman!

DOMINICALES

Una vez más, la ceremonia de entrega de los premios Oscar que se realizará esta noche, nos mostrará un panorama muy poco diverso, con una aplastante mayoría de artistas blancos y temáticas del mismo color. Sin embargo, al menos dos de las películas con mayor cantidad de nominaciones, se ocupan de una cuestión social tan urgente como antigua: de la desigualdad de ingresos y de cómo esa injusticia está resquebrajando a nuestras sociedades, a lo largo y a lo ancho del mundo.

PARÁSITO
Esta noche podría quebrarse además una notoria injusticia artística: el hecho de que nunca haya ganado el premio a la mejor película, una que no estuviera hablada en inglés. No lo consiguieron ni «Gritos y susurros» de Ingmar Bergman, ni «Z» de Costa Gavras, ni tampoco, el año pasado, la magnífica «Roma» de Alfonso Cuarón. Esta vez podría ser el turno de «Parásito», del coreano Bong Joon Ho, un thriller que reúne toda la acción, la violencia y el humor del mejor Tarantino.
Pero a diferencia de este último, a quien las cuestiones sociales no podrían importarle menos, aquí el telón de fondo es la atroz desigualdad económica en la sociedad surcoreana, ese «tigre asiático» que alguna vez quisieron vendernos como modelo.
La familia que protagoniza el film, de un modo bastante literal, habita las catacumbas de la sociedad opulenta, y como las ratas y otros tributarios de los desperdicios humanos, sus miembros permanecen invisibles y subsisten a fuerza de pura astucia.

GUASON
El que no soporta más el anonimato es el «Guasón» de Todd Phillips, protagonizada por un deslumbrante Joaquin Phoenix, que debería ganar el premio a mejor actor por goleada, aunque desde la generación siguiente viene acechando un actorazo como Adam Driver, también nominado por «Historia de un matrimonio».
La Ciudad Gótica aquí retratada recuerda fuertemente a la decadente Nueva York de los años ’70, y la historia evoca vagamente la de «Taxi Driver»: la presencia de Robert de Niro en el elenco parecería confirmar ese «homenaje» al clásico de Scorsesse.
Revirtiendo la lógica del cómic -el Guasón no es otro que uno de los «villanos» de Batman- aquí nuestro protagonista termina erigiéndose en héroe en la lucha de clases despiadada que, como es sabido, y sin necesidad alguna, han declarado los billonarios del mundo contra el resto de la humanidad. El propio Bruno Díaz, futuro Batman, queda del lado de los opresores.
El filme debería también ganar el Oscar a la mejor música original, una desgarradora partitura de la islandesa Hildur Guonadóttir (autora también del «score» de «Chernobyl»), que contribuye al clima opresivo con una línea de violoncellos que suenan como árboles gritando.

BATMAN
Tal parece que el superhéroe alado ha tramado su venganza ante semejante desplazamiento de la atención. Nos enteramos por estos días que la epidemia del coronavirus iniciada en China y que tiene en vilo a la humanidad, tendría su origen, como en varias ocasiones anteriores, en las cuevas donde habitan, silenciosos, los noctámbulos murciélagos.
Poco sabemos de esta exitosa especie, cuyas distintas variedades suman aproximadamente una cuarta parte de todos los mamíferos conocidos en el planeta. Está el mito urbano de que en su vuelo pueden pegarse a la melena de los humanos (razón por la cual este cronista optó por la calvicie). Y también está el recuerdo de los melómanos murciélagos del Teatro Español, que sobrevolaban a los concertistas y le agregaban emoción a los conciertos.
Se ignora cómo es que los murciélagos conviven con semejante cantidad de virus -probablemente tenga relación con su única condición de mamíferos voladores- pero valdrá la pena estudiarlo. Lo que es claro es que si esos virus terminan infectando al ser humano, es porque fuimos a buscarlos. Y no sólo eso: con nuestros hábitos transhumantes y con toda la tecnología disponible para los viajes, somos los encargados de potenciarlos y diseminarlos.

Ellos no tienen la culpa de que los chinos -fieles al refrán «todo bicho que camina va a parar al asador»- los hayan incorporado a su dieta. Como ocurre también con el sospechoso número dos, la civeta o algaria, un bicho que parece cruza de gato con comadreja, y de quien también consumimos -los ricos, claro está- el café más caro del mundo: los granos que han pasado por su tubo digestivo y son excretados por el animal.
Según el relato monocorde del aparato mediático, todo está tranquilo en el Consenso de Washington. Sin embargo, desde las cuevas, las catacumbas, las cloacas, acechan los excluidos, los que preferimos no ver. Como diría Ghandi, primero los ignoramos, luego nos reimos de ellos, luego los odiamos. Finalmente tratamos de combatirlos: es entonces cuando nos derrotan.

PETRONIO