Saudades de la Guerra Fría

DOMINICALES

Aunque no ocupe grandes titulares, ni siquiera en la sección deportiva, está llegando a su paroxismo el campeonato mundial de ajedrez, que disputan en Londres el campeón reinante Magnus Carlsen (Noruega, 28) y el retador Fabio Caruana (Estados Unidos, 26). Faltando dos partidas para concluir, están empatados tras diez juegos concluidos en tablas. Un panorama muy parecido al fútbol italiano de los años ochenta que, sin embargo, despierta pasiones insospechadas.

Jaque!
Se coincide en que estos dos jóvenes son, en la actualidad, los mejores jugadores de ajedrez del planeta. La paridad que viene mostrando el match, pese a los intentos agresivos de uno y otro lado, ha hecho crecer la tensión a niveles épicos. Y es que en la época post-Deep Blue (la computadora que hace veinte años derrotó a un campeón mundial) parece haber vuelto el ajedrez humano, el del genio y la pasión.
Al menos así lo viven en Noruega, país de donde es oriundo el campeón Carlsen. Hace un par de semanas abrió un nuevo bar en Oslo, que se mantiene lleno y con filas de espera en la vereda. La atracción: las bebidas se sirven en mesas donde se juega al ajedrez. Carlsen, que está en el primer lugar del ranking mundial desde que tenía 19 años, es una de las mayores celebridades del país. De los cinco millones de noruegos, más de medio millón juegan regularmente al ajedrez por internet. Por televisión se transmiten los partidos completos -aún cuando pueden durar horas- y luego, por las dudas, un programa tipo “talk show” resume la jornada con opiniones e imágenes alternativas.
Cada vez aparecen grandes maestros más jóvenes, como el alemán Vincent Keymer, de 13 años, capaz de sorprender con espectaculares sacrificios de dama. Y cada vez hay más talento internacional. Desde que en 2007 ganara el campeonato el indio Viswanathan Anand, se acabó el monopolio de campeones rusos.

Enroque.
Ese predominio pan-ruso duró casi un siglo, desde que el gran Alexander Alekhine derrotara al cubano Raúl Capablanca en 1937. Hubo una sola excepción: la victoria de Bobby Fisher contra Boris Spassky, que le dio a Estados Unidos su único campeón de la historia. Un reinado que duró apenas tres años hasta 1975, ya que el genio de Bobby estaba loco como un plumero.
Bien pensado, aquel match de Fisher fue uno de los episodios más intensos de la Guerra Fría, junto con la carrera espacial y la crisis de los misiles.
Y es que el ajedrez se prestaba, como escenario, para sublimar aquel conflicto interminable. Las piezas negras y blancas, cada una simbolizando un reino con toda su jerarquía; la simetría y geometría del tablero; y, sobre todo, el perfecto equilibrio de fuerzas inicial, que sólo el genio del jugador avezado puede romper.
El fin de la Unión Soviética tuvo mucho de ajedrecístico: la caída de todo un imperio global, que pese a contar con un arsenal de armas infernal, no produjo prácticamente ningún derramamiento de sangre.

Gambito.
A esta altura se hace innegable que existe, en el humor del planeta, una cierta nostalgia por aquellos años dorados de la Guerra Fría. Y no sólo por el estado de bienestar, esa política económica que llevó -en Occidente- a la elevación del nivel de vida de una importante porción de la humanidad a niveles que ni podían soñar los reyes de antaño.
También por todos esos artefactos culturales que, como el ajedrez, simbolizaban el conflicto y la paranoia de la época. ¿Cómo es que el fenómeno OVNI y la inminente invasión extraterrestre se transformó en una cuestión marginal, casi en un gueto? ¿Cómo es que nadie se ocupa ya del misterio de las catedrales, la construcción de las pirámides y del retorno de los brujos?
Desde la caída del muro de Berlin, lo único que hemos presenciado ha sido el progresivo enriquecimiento del 1 por ciento más poderoso del mundo, una casta irresponsable, incapaz de toda empatía y hasta de preservar el planeta donde sus bienes están asentados.
¿Es tan arriesgado postular que el cuadro apocalíptico del peligro nuclear parece preferible a esta naturaleza muerta neoliberal?
Pues bien, el presidente de EE.UU. ya se está ocupando de ello. Ha anunciado que su país se retirará de los acuerdos de no proliferación nuclear que firmaran Reagan y Gorbachov en los años ochenta, después de muy trabajosas negociaciones. Y, por las dudas, Arabia Saudita -un país altamente disruptivo en Medio Oriente, que acaba de asesinar a un periodista del Washington Post en Estambul- está dando pasos decididos para integrarse al club de países con bombas atómicas.
¿Qué podría salir mal?
(Para Felisa).

PETRONIO