Se fue Carlos Slepoy, un símbolo mundial de derechos humanos

UN GRAN LUCHADOR MURIO EN MADRID A LOS 68 AÑOS

Su vida se apagó a los 68 años en España. Fue un notable abogado y luchador por los derechos humanos. Intervino en los procesos más resonantes de las últimas décadas contra Pinochet, Videla y Scilingo, en causas de justicia universal.
EMILIO MARIN
El cronista conoció a Carlos Slepoy en septiembre de 2014, en la casa de su hermana en Buenos Aires. El residente en España había venido a su país, al que siempre tenía muy presente aún residiendo en Madrid desde 1977, para presentar una querella contra Israel por el genocidio cometido ese año en Gaza.
El viajero pidió esa reunión para conocer a quien había presentado el mes anterior en Córdoba una denuncia penal en La Docta contra cinco autoridades de Israel por sus crímenes en Gaza. Slepoy valoró mucho esa iniciativa pionera en el reportaje que le hizo Adrián Pérez en http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-255398-2014-09-16.html. Allí había declarado: “en primera instancia debo destacar que valoramos altamente la iniciativa adoptada por un grupo de ciudadanos cordobeses de presentar una denuncia penal en relación con los crímenes cometidos por el ejército israelí. Confiamos en que el fiscal adscripto a la causa decida impulsar la investigación y en que el juez actuante adopte las medidas que en la denuncia se proponen”. Lamentablemente el fiscal Enrique Senestrari, de la Fiscalía N°1, donde quedó radicada la denuncia, no hizo nada en el expediente, a casi tres años de su presentación.
El luchador argentino-español de ideas socialistas había viajado a Buenos Aires para presentar en sus tribunales federales una querella contra Israel por los delitos de genocidio y crímenes de lesa humanidad. Preguntado por Pérez sobre a quiénes apuntaba, contestó: “son los mismos que se mencionan en la denuncia interpuesta en Córdoba: el primer ministro Benjamín Netanyahu, los ministros Avigdor Lieberman (Asuntos Exteriores) y Moshé Yalon (Defensa), el jefe del Ejército, general Benny Gantz y el vicepresidente del Parlamento, y uno de los principales ideólogos del plan de exterminio en Gaza, Moshe Feiglin”.
Slepoy, “Carli” para sus amigos, pidió que se lo acompañara con firmas en su querella y la respuesta fue que sí. El la encabezaría junto con sus colegas de la Asociación Americana de Juristas, filial Argentina, con Beinusz Smuckler y Carlos Tobal.
Fue un gran honor esa conversación con él y Jorge Watts, fundador de la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos, ex secuestrado y torturado en El Vesubio y querellante y testigo en causas por DD.HH.
Carli estaba en silla de ruedas y con nuestra ayuda pudo llegar hasta un taxi, rumbo a otra reunión. Andaba en silla de ruedas, pero corría a mil por hora, siempre atareado en causas de derechos humanos. Por esos ideales estudió abogacía y se recibió en 1975, a los 26 años de edad.
El cronista lo vio esa única vez en persona. Murió el 17 de abril pasado, en Madrid, luego de estar internado muchos días.

Justicia en todas partes.
Que Slepoy era un sesudo defensor de aquellos derechos, eso bien se sabe, acá y en muchísimas partes. No es tan conocida su militancia política en Argentina y las razones por las que debió exiliarse. En 1975 él estaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y dos semanas antes del golpe de Estado de 1976 cayó preso. Estuvo en la Unidad 9 de La Plata y según nos comentó anteayer un compañero suyo, Alberto Elizalde Leal, periodista, “como Carli tenía buena cobertura legal, pudo hacer uso del derecho de opción para salir del país en 1977”.
Y así aterrizó en Barajas, exiliándose. Comenzó a ejercer la abogacía como letrado de la central sindical Unión General de Trabajadores (UGT), socialista.
Como no había dejado sus convicciones en el ropero, un día recibió un disparo policial que le interesó la columna. Fue en 1982. El vio que un policía nacional maltrataba a un joven en la Plaza de Olavide de Madrid e intervino para frenar de buenas maneras esa agresión. El policía, dizque borracho, le pegó un tiro desde atrás. Carli anduvo unos años caminando con un bastón pero luego tuvo que andar en silla de ruedas. Su agresor se ligó una condena a 7 años de cárcel.
Esa dura prueba a que lo sometió la vida no lo hizo retroceder en su trabajo. El titular de Podemos, en España, Pablo Iglesias, publicó una nota de despedida donde cuenta que fue novio de la hija de Slepoy, Paula, y que todo el grupo militaba en la Juventud Comunista de Madrid. Carli los ayudaba llevándoles en auto las pancartas y la propaganda a los actos políticos. Que él nunca olvidará el espíritu combativo de quien tomaba la guitarra y cantaba con tono bien argentino el tema de Horacio Guaraní, “Si se calla el cantor”. Era de los que nunca se iban a callar…
Su nombre empezó a ser más conocido en los años ’90, cuando dio fuerte impulso en España a los juicios por derechos humanos contra genocidas de Argentina, por entonces favorecidos por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida de Raúl Alfonsín y por los indultos de Carlos Menem.
La marcha multitudinaria en Buenos Aires del 24 de marzo de 1996 tuvo impacto en la península. El fiscal Eduardo Castresana pidió que se abrieran causas en Madrid por esos delitos de lesa humanidad y el juez Baltasar Garzón se declaró competente. Al lado de Garzón, y de acuerdo con los criterios de justicia universal, estaba el abogado que se movilizaba en silla de ruedas.
Carli pidió que muchos sobrevivientes y testigos argentinos fueran a testimoniar. Y allá fueron Watts, Ana María Careaga (que lo recordó ayer en nota de Página/12), Estela de Carlotto, Graciela Daleo, Víctor De Genaro y muchos más. Como querellante pidió a Garzón la extradición de 99 represores, desde los generales Jorge R. Videla y Leopoldo F. Galtieri hacia abajo, que le fue negada en tiempos de Fernando de la Rúa. El entregador del país con el megacanje y blindaje se decía ofendido por aquellos pedidos de extradición.
Fue cabeza de la acusación popular contra esos genocidas y en el juicio contra el ex marino Adolfo Scilingo, quien había admitido ante Garzón haber estado en dos vuelos de la muerte donde fueron asesinados treinta militantes populares. Ese militar había revelado sus crímenes en el libro de Horacio Verbitsky, “El vuelo”. Resultado: Scilingo fue condenado a 640 años de cárcel, pero el Tribunal Supremo los elevó a 1.084.
En 1998 el abogado argentino había impulsado el juicio ante Garzón que derivó en la detención en Londres del ex dictador y senador Augusto Pinochet. Después de 503 días, el Reino Unido tan poco democrático dejó ir al genocida, quien llegó a Santiago de Chile en silla de ruedas y a poco de desembarcar se levantó y caminó normalmente. Su actuación de “enfermo” había concluido. Slepoy sí estaba en serio usando una silla de ese tipo.

Contra el franquismo.
Al vivir en España, Carli sintió más hondo el pesar de familias republicanas víctimas de fusilamientos y desapariciones por obra del franquismo, entre 1936-1939. Y como no era de dejar las cosas para más adelante, intentó abrir causas en Madrid. Allí se chocó con que el gobierno del Partido Popular modificó la ley que permitía los juicios por justicia universal, restringiéndola. Y también apartó al juez Garzón, con falsas acusaciones de prevaricato.
Lejos de detenerse frente a esos obstáculos, Slepoy decidió impulsar en Buenos Aires, en 2010, las causas por los delitos cometidos por el franquismo, radicando una querella ante el juzgado de María R. Servini de Cubría, quien corrió vista al fiscal. Para éste la denuncia debía ser desestimada y cerrada la causa, pero el abogado apeló y la Cámara le dio la razón, por lo que Servini se declaró competente. Allí se presentó Carli con familiares de españoles y descendientes de dos alcaldes fusilados por los militares inicialmente sublevados contra la República desde el norte africano.
Ese antecedente que la Justicia Federal argentina se hiciera cargo de una causa por delitos de lesa humanidad, en el marco de la justicia universal prevista en la Constitución Nacional, fue un factor que alentó al cronista en Córdoba para acometer en 2014 la denuncia contra el quinteto genocida israelí en Gaza. Slepoy abrió el camino. Con su muerte física, tamaña tarea les queda a sus colegas en la causa ante Servini: la jueza dice estar apretada por el gobierno macrista, y el presidente argentino tiene muy buena onda con su similar derechista Mariano Rajoy, siempre en búsqueda de negocios de Telefónica, BBVA, Santander, Repsol, etc.
Hablando de franquismo, en la referida nota de despedida, Iglesias acotaba que Carli y los exiliados argentinos, derrotados por el fascismo, cantaban las mismas canciones que los republicanos, derrotados por el franquismo. Se puede imaginar el cancionero: “Quinto regimiento”, “Gallo negro, gallo rojo”, etc.
El hombre tenía su sentido de la historia, la pertenencia, los sentimientos y ciertos deberes. Por ejemplo, en relación a sus querellas contra el genocidio cometido por el sionismo contra los palestinos, solía decir que él tenía ascendencia judía y que necesitaba hacer algo más contra esos crímenes.
En Buenos Aires, Madrid, Santiago de Chile, Asunción del Paraguay y otras ciudades donde actuó e influyó Carli, los pañuelos blancos de la humanidad y la rebeldía, tienen mucho trabajo. Se agitan para despedirlo y también para secar el lagrimón.

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