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Señal vaticana

Un rasgo singular que caracteriza a las grandes religiones del planeta es su acendrado machismo en el ejercicio de las funciones eclesiásticas. Las congregaciones de católicos, judíos y mahometanos -al igual que centenares de pequeñas iglesias llamadas «cristianas»- están conducidas por varones, quienes ocupan prácticamente todos los peldaños del escalafón jerárquico, desde los rangos más modestos hasta los superiores, y así ha sido durante cientos o miles de años.
Pero desde el ascenso de Francisco I al trono de Roma, la Iglesia Católica ha mostrado una evolución que le ha significado al Papa la adhesión de creyentes y, a la vez, no pocos enemigos dentro de los estratos más retrógrados de la institución. El último de esos actos de «aggiornamiento» consistió en la autorización a las mujeres para que puedan dar la comunión y leer textos en misa, funciones que de algún modo venían realizando aunque sin un mandato específico. Excluyendo a la legendaria y no del todo probada existencia de «la Papisa Juana» (una mujer que habría accedido al papado ocultando su sexo) la historia de la Iglesia Católica no registra un acto de esta trascendencia. Sin embargo la máxima aspiración femenina en la materia -la ordenación sacerdotal de las mujeres- tiene un manifiesto estancamiento y despierta el rechazo explícito de los sectores más conservadores de la burocracia eclesial. Lo mismo ocurre con el pedido de las mujeres católicas al «derecho a decidir» sobre el aborto que sigue encontrando oídos sordos en el Vaticano.
Así y todo este paso de Francisco I se emparenta con otros, como el de permitir las manifestaciones de monjas reclamando mayores derechos, o el reconocimiento de las uniones civiles entre personas del mismo sexo. En el mismo sentido se observan las incursiones del Papa en el terreno político condenando la tragedia de los inmigrantes en Europa, la depredación de la Amazonía o el pedido de «perdón» a las comunidades indígenas americanas.