domingo, 22 septiembre 2019
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Sí se puede: de nuevo el hambre

En el año 2014 la FAO incluyó a la Argentina entre los (pocos) países de América Latina que lograron la meta de «hambre cero». Bastaron poco más de tres años para que el macrismo destruyera ese logro con sus políticas neoliberales. Por eso hoy casi todo el arco político opositor, muchos gobiernos provinciales, los movimientos sociales y hasta la tímida CGT le están pidiendo al gobierno de Mauricio Macri que decrete la emergencia alimentaria.
Algunos pocos datos alcanzan para tomar conciencia una realidad lacerante: más de la mitad de los niños y adolescentes sobreviven por debajo de la línea de la pobreza y el 15 por ciento de ellos, según datos oficiales que cuestionan no pocas voces por menoscabar la magnitud del problema, pasó hambre el último año. Una enorme proporción -variable de acuerdo a la realidad de cada provincia- se alimenta exclusivamente en los comedores escolares, los que hoy están padeciendo el desmesurado crecimiento de los precios de los alimentos muy por encima de los recursos que reciben. Menos leche, menos carne, menos verdura y frutas y más productos farináceos «es lo que hay» en la dieta de millones de niños argentinos.
En el país de las vacas y el trigo, que produce y exporta alimentos para varias veces su población, volvió el hambre y la desnutrición de la mano del neoliberalismo en su versión macrista.
Hasta ahora el gobierno se muestra sordo y no faltó un alto funcionario con expresiones despectivas hacia el clamor que crece en las calles. Los miembros del «mejor equipo de los últimos cincuenta años» no suelen codearse con la gente que vive en los barrios carenciados, en los arrabales del Conurbano bonaerense y de cualquier ciudad del castigado interior del país. Los CEOs que hoy nos gobiernan fueron educados en los colegios y universidades más caras del país al amparo de sus fortunas familiares. No tienen ni registro de lo que sufren tantos argentinos como consecuencia directa de sus políticas ni de los extremos de necesidad que hoy padecen tantos hogares.
En verdad, esa indiferencia, esa falta de empatía con el carenciado, ya no extraña a nadie pues este es un gobierno que agotó todas sus reservas de sensibilidad para atender las demandas de los «mercados». Si el Presidente hasta se permitió enojarse con el electorado por votar mayoritariamente en contra de esos entes abstractos con exigencias bien concretas.
La única preocupación que hoy muestra el gobierno es el dólar, y en su altar viene sacrificando a la mayoría de los argentinos, castigándola con desempleo, pobreza, cierre de fábricas, destrucción de la salud y la educación públicas y muchas otras calamidades. En la Argentina macrista los únicos beneficiados no son los niños sin los ricos. La elite económica acumuló riqueza y fugó capitales a una velocidad nunca vista, superando los récords de la última dictadura y de tándem Menem-De la Rúa.
En el fondo, no es más que el esperable resultado de la aplicación sin piedad de la receta neoliberal; por tercera vez en cuarenta años. Hay que tomar nota para no olvidar