Silencio y oprobio ante un tema tabú

DOMINICALES

Aún cuando el país se debate en una crisis económico financiera de proporciones mayúsculas, la sociedad -o mejor dicho, sectores militantes altamente movilizados- no dejan de hacer sentir sus demandas en otros temas de interés ciudadano, como la salud pública. El caso de la media sanción a la ley de interrupción voluntaria del embarazo es una muestra contundente. Esta columna se ocupará, no obstante, de otra crisis de salud pública, no menos oscura y silenciada que la del aborto: el suicidio.

¿Por qué?
Hace unos pocos días la reina de Holanda -nacida en nuestro país- debió visitar la Argentina con el triste cometido de participar de las exequias de su hermana menor, fallecida por propia determinación. En las fotografías que se conocieron de la joven, se la ve vivaz, gozosa. Sabiendo además de su situación familiar y económica, que no hace presumir una falta de oportunidades de realización, se instaló la pregunta habitual en estos casos: ¿qué la llevó a semejante determinación?
Como también es habitual, una mezcla de temor y de piedad hacia sus deudos, hizo que la pregunta quedara sin respuesta, y que el silencio volviera a recubrir el tema.
La misma semana, en Francia, un chef, escritor y conductor de TV llamado Anthony Bourdain, se suicidó en su habitación de hotel, donde estaba filmando un nuevo episodio de su programa. Bourdain, que filmó varios episodios en Argentina y cuenta aquí con un nutrido grupo de seguidores, no sólo era un hombre notoriamente exitoso: era, además, el hedonismo personificado, una persona apasionada por su trabajo, por la gastronomía, y por conocer a los pueblos del mundo a través de sus comidas.
Tras su muerte, su primer libro (“Confesiones de un chef”) volvió al primer lugar de ventas; se lo celebró en distintos foros, y se volvieron a ver imágenes de su excelente programa. Imperdible: una charla informal con el entonces presidente Barak Obama, comiendo en un humilde puesto callejero de Hanoi, Vietnam.
Pero quién era Bourdain, y cuáles los demonios internos que lo consumían hasta llevarlo a este fin, eso no se sabe.

Silencio.
El pavoroso silencio que rodea al tema del suicidio, hace además que exista un gran desconocimiento al respecto. Lo cual resulta preocupante, porque las estadísticas mundiales demuestran que las muertes por suicidio duplican a las muertes por homicidio. De hecho, los suicidios superan en número a los de todas las otras muertes violentas combinadas, incluyendo homicidios, terrorismo, guerras y ejecuciones. Como explicó el investigador Yuval Noah Harari. “estadísticamente, eres tu peor enemigo: de toda la gente en el mundo, eres la persona a quien más probablemente vayas a matar”.
Conforme los datos más recientes, Argentina tiene los registros de suicidios más altos de su región, asimilables a los de un país europeo (14,2 cada 100 mil habitantes por año). Y eso, aún considerando que el falso pudor que reina en la cuestión hace que muchos casos de muerte por propia mano queden sin registrar.
Estos números que vienen escalando silenciosamente son un preocupante indicador del estado de la salud mental entre nosotros. Y a diferencia de otros temas de salud pública, como el cáncer, la obesidad, o los accidentes de tránsito, ninguna estructura estatal parece estar a cargo de estudiar y paliar el problema del suicidio.

Los que quedan.
El mismo silencio que rodea la partida de los suicidas envuelve a sus deudos, que al habitual dolor de la pérdida deben sumar el sentimiento de culpa por lo que sienten podrían haber hecho para evitar tan trágica determinación. Tampoco ellos merecen mayor atención, y a veces, incluso, se los agravia injusta e innecesariamente.
Es el caso de Luis Majul, uno de los practicantes del llamado “periodismo de guerra”, quien en otras épocas se dedicaba a publicar libros donde supuestamente desenmascaraba los tejes y manejes del poder económico, al que hoy sirve sin reservas. Refiriéndose al proceso de formación del diario Ambito Financiero, y a sus accionistas originales, escribió que uno de ellos había sido “Posse Melo”, quien “entró en un cuadro depresivo al tiempo de haber sido convencido por (Julio) Ramos de que lo mejor era venderle su parte a un precio módico. Más adelante se suicidó”.
Conforme se demostró en el juicio que le iniciaron los sucesores de Melo, su nombre estaba mal citado (“Posse” es el apellido de su esposa) y su muerte se produjo diez años después de transferir su paquete accionario, y no por suicidio, sino por una enfermedad terminal.
Ese juicio sigue abierto, y pese a los gruesos errores periodísticos detectados -y la indisimulable mala fe con que se deslizaron- todavía no hay condena. En un contexto donde se trataran estas cuestiones con la gravedad que merecen, este tipo de atrocidades sería sencillamente inadmisible.

Petronio