Simpatía por el diablo

DOMINICALES

Esta semana se cumplió el 45 aniversario de un hecho poco recordado, pero con grandes repercusiones posteriores. Un 23 de agosto de 1973, un preso en fuga llamado Jan-Erik Olsson, irrumpió a punta de pistola en un concurrido banco de Estocolmo, y tras un disparo al aire anunció, en inglés: “¡La fiesta comenzó!”

De perros.
La “fiesta” terminó siendo una tensa toma de rehenes que se prolongó por más de seis días, durante los cuales Olsson logró varias de sus demandas, incluyendo la entrega de cientos de miles de dólares, y la liberación de otro preso que llevaron al banco junto a él. Al cabo de 130 horas, sin embargo, la policía inundó el lugar con gases lacrimógenos, y los captores terminaron rindiéndose y siendo detenidos.
La historia hasta aquí no tiene mucho de extraordinario. Nada que no se haya visto en varias películas de Hollywood (como “Tarde de perros”, con Al Pacino) o durante la toma de un banco en Ramallo, provincia de Buenos Aires, que, por cierto, terminó mucho peor.
Lo curioso del caso sueco comenzó luego de la liberación de los rehenes, cuando los policías que los interrogaron comenzaron a observar una preocupante corriente de empatía de éstos para con su secuestrador. “No lo lastimen, él no nos hizo nada a nosotros”, decían. Una rehén empleada del banco llegó a confesar que se sentía segura estando con Olsson, que lo que le daba miedo era la posibilidad de que la policía entrara al lugar y los matara a todos. Una postura sorprendente en un país donde el nivel de seguridad y la confianza en las autoridades es bastante alto.
Los psicólogos que evaluaron a los rehenes tras su liberación, comenzaron a comparar sus síntomas con los experimentados por el trauma de la guerra. Esta expresión de uno de los rincones más oscuros de la psiquis humana terminó llamándose “Síndrome de Estocolmo”, término que comenzó a usarse masivamente a partir de 1974, cuando una rica heredera de un conglomerado de prensa, Patty Hearst, mostró síntomas parecidos tras haber permanecido secuestrada durante meses por un grupo terrorista norteamericano. Tanto se identificó con sus captores, que terminó robando un banco con ellos, delito por el cual fue condenada e indultada.

De simios.
No todos los casos involucran algún banco. En Argentina, el entonces jefe de la Escuela de Mecánica de la Armada, contraalmirante Chamorro, terminó adoptando como amante a una militante montonera a la cual habían secuestrado y torturado salvajemente, para luego usar como delatora en distintos procedimientos.
Aunque parezca mentira, no faltó entre nosotros quien se permitiera criticar y hasta descalificar a esa mujer, quebrada por la tortura, por los mecanismos inconscientes que la llevaron a “dormir con el enemigo”.
Y es que este truco de supervivencia ya ha sido detectado no sólo en caso de secuestros, sino también en supuestos de violencia doméstica, tráfico de personas, guerras, terrorismo político, sectas, esclavitud y prostitución. Y más allá: se han observado comportamientos similares en animales -particularmente chimpancés- lo que indicaría que este mecanismo de “complacer para sobrevivir” tendría raíces evolutivas.
Pero por mucho que se lo explique o teorice, este comportamiento sigue inquietando, revelando facetas perversas de nuestra mente.

Un flan.
Está por verse si la enfermedad podrá en algún momento explicar el comportamiento de grupos sociales vastos, que siguen añorando las dictaduras que los oprimieron. Esta reflexión viene a cuento de la reciente irrupción mediática de un actor otrora cómico -al parecer, perdió su humor junto con unos kilos de más que se sacó de encima- que últimamente sólo es conocido por sus toscos discursos oficialistas.
Cuesta creer que un ex artista transgresor hoy diga cosas como que “los militares hicieron grande a este país” o se permita dudar de la autenticidad de los nietos recuperados por las Abuelas de Plaza de Mayo; con lo cual también estaría bastardeando la ejemplar tarea del Banco Nacional de Datos Genéticos.
Un espectáculo doloroso. Y más aún cuando sirvió de telón de fondo para el último adiós a María Isabel Chorobik de Mariani, nuestra entrañable “Chicha”, fundadora de Abuelas, que se fue sin haber podido encontrar a su nieta Clara Anahí. La abuela que todos querrían tener, la que sentimos tan cercana a La Pampa.
Pero aún en este río revuelto, que por momentos parece una cloaca, todavía pueden distinguirse la nobleza y la rectitud de las conductas. Entre aquel payaso triste y esta mujer digna y ejemplar, no hace falta preguntar cuál de los dos pasará a la historia.

PETRONIO