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Sin voluntad democrática

El rotundo revés sufrido por Mendoza en la última reunión de gobernadores de las provincias integrantes del Coirco en relación a Portezuelo del Viento, parece haber puesto en evidencia ideas y fuerzas insospechadas que latían en el seno de la sociedad cuyana. Esas manifestaciones -extremas y de signo opuesto- eran impensables apenas seis meses atrás, cuando los vecinos, aprovechando la complicidad del Estado nacional y la desorientación de las demás provincias integrantes de la cuenca del río Colorado, imponían sus falacias en lo que a la represa se refiere.
Inmediatamente después de la reunión del Consejo de Gobierno se expresaron públicamente algunas voces de la sociedad mendocina que se oponen a la represa en las actuales condiciones, según ellos perjudiciales tanto para las provincias de la cuenca como para la propia Mendoza en su zona meridional. Al tiempo que denunciaban con nombres, pelos y señales a las empresas que se beneficiarían largamente con la licitación de la obra se manifestaban claramente por un «rechazo absoluto» a Portezuelo del Viento.
Del lado gubernamental y empresarial las reacciones fueron desaforadas y recorrieron el espectro que va desde la tontería al delirio o, como comentara un diario capitalino, de la ignorancia al ridículo: un exgobernador acusó al Ejecutivo nacional de aplicar una política para «perjudicar a Mendoza». Y agregó que el actual Presidente «enderezó a tres provincias para que votaran distinto a lo que habían votado antes». En concreto, hizo referencia a Río Negro, Neuquén y Buenos Aires, que cambiaron su postura y adhirieron al pedido de La Pampa, que se terminó imponiendo por cuatro a uno.
No conforme con su infundada y falsa acusación el diputado y exgobernador -responsable del endeudamiento brutal de su provincia- postuló: «la verdad que no me gusta separarnos de la Nación (sic) pero ellos están obligando a Mendoza a autoafirmarse en sus propios valores e identidades. Estamos lejos de tener autonomía con nuestra actual estructura productiva. Estamos lejos pero hay que empezar a pensarlo seriamente. Mendoza tiene todo para vivir como un país independiente, Podría ser un país pero con un programa común de su elite política empresaria para desarrollar ese camino».
Semejante afirmación se cae a pedazos ante un análisis político y económico medianamente serio, pero los límites de la contumacia mendocina parecen no tener fin. A cualquier pensamiento con lógica política esta bravuconada le suena largamente a necedad, máxime que la controversia apunta básicamente a un mejor y más equilibrado manejo del río y de las consecuencias e impacto ambiental que la obra podría tener sobre los aprovechamientos del resto de la cuenca, muy extensos y en plena expansión.
Pero ocurre que semejante jactancia parece tener algunas apoyaturas argumentales dignas de ser tenidas en cuenta. En principio las ambiguas declaraciones del ministro de Gobierno cuyano, que no descartó lo dicho por su comprovinciano y también la decisión del propio gobernador de seguir adelante con la licitación de la obra.
Esa escalada del disgusto mendocino (llamarlo «capricho» parece improcedente en el nivel en que se considera el problema) ante el contraste de la opinión interprovincial, se ha visto incrementada en las últimas horas con las declaraciones de uno de los más acérrimos defensores de la postura mendocina, potenciándola al extremo que, entre otros cargos, considera a La Pampa y Buenos Aires como «malos vecinos».
Tampoco el ministro de Gobierno cuyano se quedó atrás y lanzó una amenaza: dijo que se está considerando la posibilidad de, nada menos, abandonar el Coirco. La declaración evidencia que Mendoza, cuando ve contrariados sus intereses y aunque estén de por medio el bienestar común y una ley nacional, se olvida de la institucionalidad democrática.