Sobre disponibilidad de tantos para el embuste

Señor Director:
En el pago chico, nuestra Pampa, está probablemente todo el muestrario de las posibilidades que tenemos de presentarnos ante la mirada de los otros (los que no son uno), incluyendo a quienes parecen estar como a la espera de que les propongan un embeleco, cualquier forma de engaño, para hacer la parte del que sufrirá la decepción y la pérdida de dinero u otros bienes.
En estos días vuelven a conocerse casos de personas que dieron por cierto que había llegado la (siempre esperada) hora del milagro. Alguien les avisa por teléfono que son ganadores de un concurso cuyo premio es un automotor 0 kilómetro, en algunos casos hasta recién importado. Se sabe que para no pocos lo que viene de afuera es quizás mejor y da más lustre. Luego sigue el relato, ya con la participación protagónica del ganador del presunto sorteo en forma de depósitos de dinero para diversos gastos de tramitación. Más tarde o más temprano su mente le dicta una advertencia; “y si te están engañando…”. O se lo dice algún allegado.
Cuando uno se pregunta cómo puede existir tanta disponibilidad para el embeleco, ingresa en un tema que ha sido abordado desde distintos enfoques. En algún caso, se destaca que el engañador tiene una aptitud especial para leer al otro, descubriendo sus puntos débiles. Otras veces, cuando no ha habido relación presencial (como en el caso actual de comunicaciones telefónicas) se puede sospechar que el timador está usando información de la gente que se ha apegado a las propuestas comunicacionales ahora existentes (vía informática), o porque ha estado interviniendo en sus comunicaciones, o porque se basan en el conocimiento de la psicología predominante, propensa a la credulidad y a la disponibilidad, aparte de que vivimos en una cultura que no se ha desprendido de creencias relacionadas con el milagro: ¿acaso no existe una profusa literatura del milagro e, incluso, casos “milagrosos” aunque solamente sean excepciones a la normalidad del acontecer? ¿Acaso en nuestros días no se habla de la vigencia de la posverdad que, en el terreno político, permite inducir el voto de muchos ciudadanos, máxime cuando se cuenta con la alianza de los medios de comunicación de mayor llegada al público? Se fabrica una verdad a partir del hecho cierto de que nuestra cultura sigue alimentando la expectativa del milagro. Además, el milagro existe, como en el caso de las diversas formas de loterías; alguien siempre gana, aunque pierde la masa de los que apuestan y generan el fondo que permite pagar el premio y hacer muy buena diferencia. Gran parte de la propaganda de una diversidad de productos (alimentos, embellecedores…) especula y lucra con esta disponibilidad para esperar el milagro.
Cuando se es víctima de alguna forma de engaño (y es difícil que haya muchos invictos) es mortificante pensar “cómo pude ser tan gil”. Pero se lo piensa. Sensatamente, todos tenemos alguna disponibilidad para hacer el papel del gil. Los que buscan medrar con estos engaños lo saben y pueden lanzar sus dardos al azar: alguien picará. Y ahora, con los desarrollos de la psicología y en particular de la psicología de masas y con las comunicaciones informáticas existe una disponibilidad de saberes utilizables para engañar a los individuos y hasta a conjuntos mayores de personas, a partir de sus miedos, sus odios, sus anhelos secretos y todo lo que masticamos sin cesar en nuestra intimidad y transparentamos luego con nuestra conducta. He leído a algunos autores norteamericanos que exponen su fórmula, incluso para desestabilizar gobiernos. He leído un libro del muy mentado Durán Barba, sobre cómo torcer hasta la opinión que tenemos de nuestro vecino, favorable o no.
Ya no es azar ni es milagro. Diríamos que es un desarrollo ladino de la propaganda.
No es cosa de deprimirse por haber sido una vez el pato de la boda. Ni de pavonearse porque aún no fue su turno.
Atentamente:
Jotavé