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Sobre el cabezón argentino y cómo debe lidiarse con él

DOMINICALES

El Instituto Estadístico de Arbol Solo ha logrado, con datos propios, tipificar al espécimen promedio de homo antivacuna, ese que, pese a la creciente disponibilidad de inoculantes de toda procedencia, alcurnia y fragancia, hace la retranca a la hora de ponerle el brazo a la aguja. Ese que se niega a cualquier tipo de vacuna, sea la china, la rusa, la de Pfizer o la de Giorgio Armani. Es más, el ejemplar aislado ya tiene nombre: se trata de «el cabezón argentino», que no había podido ser avistado aún, por cuanto su abundancia le facilita esconderse a plena vista. Están por todos lados: conducen programas de TV, presiden clubes de fútbol, y -desde luego- infestan las redes sociales.

Pavo.

El descubrimiento no es moco de pavo. Saber con quién lidiamos permitirá desarrollar una estrategia adecuada para persuadir en su momento a esos miles de bípedos implumes que se interponen, con su actitud, entre la sociedad racional y su búsqueda de la inmunidad de rebaño.
Ojalá tuviéramos aquí los recursos que en EEUU, donde el Viejo Joe -consciente de que pese a tener vacunas como para hacer dulce, su campaña se quedó atrás comparada con Europa y otros lugares del mundo- ahora ha decidido premiar a los que se vacunen con cien dólares. Claro, él tiene la máquina choricera que escupe esos billetes.
Ese recurso nos vendría de maravilla, lástima que aquí los dólares son más escasos que la segunda dosis de la Sputnik. Al cabezón argentino, está comprobado, nada le gusta más que esos billetes verdes con la cara del viejo Benjamin Franklin. Y si la efigie del prócer norteamericano es de las grandes, tanto más.
El cabezón argentino ha desarrollado una verdadera cultura gourmet con los dólares. Hay algunos que no sólo se fijan en que Franklin sea de los «cabezones», también se fijan en el número de serie, como si trabajaran para el FBI. Otros distinguen los dólares buenos por el perfume. Hay que avisarles que conforme datos confiables, hay un porcentaje altísimo de billetes norteamericanos con residuos de cocaína. No por nada esos verdes son más adictivos que el mate amargo.

Testa dura.

No es tan importante saber qué es lo que llevó al cabezón argentino a hacer caprichitos y pucheros a la hora de cumplir con su deber social de vacunarse. Lo que importa es que, una vez en esa posición, es tan cabeza dura que cuesta horrores convencerlo de lo contrario.
Algunos esgrimirán argumentos supersticiosos, con pátina científica, leídos en Facebook o grafiteados en la puerta de un baño público (dos fuentes cada vez más indistinguibles). Otros cacarearán sobre su libertad personal y la supremacía del individuo sobre la infectadurocracia.
No vale la pena intentar argumentos científicos: el muy cabezón no lee la revista The Lancet, apenas si lee el suplemento deportivo. Para colmo, este pinche virus es tan errático que hasta le proporciona argumentos a los incrédulos. ¿Alguien puede explicar por qué motivo en África, que está ahí al ladito de Europa, y no cuenta con servicios sanitarios decentes, hay tantos países sin brotes significativos de Covid-19? Cosa ‘e Mandinga.

Manual.

Aquí nos ponemos serios, y, también, con bases estadísticas serias, le alertamos al lector cómo proceder con ese cabezón que todos tenemos cerca, y al que el gobierno no puede llegar.
Lo primero que tiene que ocurrir es que el mensaje pro-vacuna le venga de alguien cercano y confiable. Ningún epidemiólogo ni gobernador logrará ese cometido.
Lo segundo, armarse de paciencia. Acusarlo de testarudo y romperle una silla en la cabeza no logrará hacerlo cambiar de opinión.
Lo tercero: sacarle el miedo. Hay que hacerle ver que en el país se han aplicado más de veinticinco millones de vacunas, y no se ha reportado ningún efecto adverso grave. El cabezón argentino es miedoso, no porque crea seriamente que con la vacuna le van a implantar un chip comunista, sino porque, simple y sencillamente, le tiene miedo a la aguja.
Lo cuarto: hay que hacerle ver los beneficios, pero no los médicos. Cuando el cabezón descubra que su status de no vacunado lo va a transformar en un descastado, que no va a poder ir a la cancha, ni al cine, ni al restaurante, ni viajar en avión, etcétera, va a comenzar a preocuparse. Eso, si no lo convence antes una orden de la empresa para la que trabaja, a la que le sale mucho más caro implantar toda una serie de protocolos de aislamiento y distancia social que arriar unas pocas ovejas descarriadas.
Por último hay que quererlo. Será un cabezón, pero es nuestro.

PETRONIO