Inicio Opinion Sobrevivir también a la revictimización

Sobrevivir también a la revictimización

LAS MALAS VICTIMAS

El patriarcado demoniza a la mujer que no encaja en la estampita virginal, de devota de la casa, y la responsabiliza por la violencia que sufre.
VICTORIA SANTESTEBAN*
La manía machista por clasificar distingue entre buenas y malas víctimas de violencia de género: hay mujeres que no se merecían la violencia y mujeres que se la buscaron. La buena víctima, la chica querida por el barrio, laburadora, estudiosa, sonriente y angelada contrasta con la mala víctima, la fanática de los boliches que titula Clarín, la de vida sexual activísima, la que consume y dejó el colegio. El barrio, los medios y las sentencias van a lamentar la mala suerte de la buena víctima, pero no van a sorprenderse de la crónica de la violencia anunciada y buscada de la mala.

Mala mujer.
La sola condición de mujer nos pone en riesgo de muerte por machismo. Y además, dependerá de nosotras, de nuestros hábitos y costumbres que el Código Penal se aplique. Al parecer, nuestra ropa, nuestra vida sexual y afectiva, nuestras preferencias e intereses y luego nuestra performance como víctimas en juicio podrán eximir de responsabilidad a nuestros agresores. Como la sentencia va a interpretar que la minifalda y el escote fueron señal de consentimiento, la lección de derecho penal carente de toda base constitucional hacia el varón denunciado es que si abusa de pibas de «dudosa reputación» es inimputable. Y el mensaje hacia nosotras es que si nos gusta mostrar las piernas, que nos banquemos la violencia. El patriarcado demoniza a la mujer que no encaja en la estampita virginal, de devota de la casa, la pureza y la pulcritud, y la responsabiliza por la violencia que sufre. El ensañamiento con la mala víctima, la investigación penal que hurga insistente en su historia y cotidianeidad busca declararla culpable del delito. El sabueso olfatea sus ropas buscando pruebas que condenan a la víctima y absuelven al denunciado. La herencia lombrosiana hace que al agresor en todo caso se lo tache de enfermo, patologizándose así su violencia también para restarle responsabilidad. Como si hubiera un gen de la violencia que se le despertó a ese varón «enfermo», a ese varón que es en realidad un hijo sano del patriarcado.

El deber de llorar.
Y si bien la mala víctima va a cargar con esta revictimización feroz, tanto buenas y malas víctimas compartirán la obligación de encajar en el estereotipo de piltrafa que llora por los rincones al momento de enfrentar el juicio. En el estrado, la víctima debe mostrarse destrozada por ese varón que le quitó las ganas de vivir. En la cámara Gessel la niña o la adolescente también deberá mostrarse triste, traumada. Tanto víctimas «buenas» como «malas» deberán responder al mandato de pasividad para ser creíbles, para ser víctimas de pura cepa, tan funcionales al patriarcado. El llanto reivindica y explota la imagen virginal de la buena víctima, y es signo de arrepentimiento por su mala vida en el caso de la mala. Con aires confesionales, el estrado busca sacarle las lágrimas para ganar el cielo y tal vez, el juicio, para lavar las culpas y aprender a ser buena.
Al machismo le sirve la imagen de la mujer destrozada por haber denunciado a alguno de sus socios vitalicios. El marketing de la víctima piltrafa que no tiene paz ni rumbo y que es expuesta a violencia institucional y mediática busca desalentar a quienes osen desafiar al patriarcado con denuncias. La estrategia patriarcal es vender como cierta la imposibilidad de superación y amenazar a las víctimas diciéndoles que si denuncian, la que se les viene es peor. El machismo le pega a la mujer que denuncia la etiqueta de quilombera, resentida, exagerada, despechada, interesada, mala madre, mala esposa, mala mina, jodida, maquiavélica, ponzoñosa, trepadora, infeliz, puta, fría, calculadora, caliente, psiquiátrica, vengativa, loca… Su estrategia es continuar grabando a fuego que la mujer debe ser sumisa, frágil, débil, llorona.

Ni sumisas ni devotas.
La víctima mujer de violencia carga con una exigencia de pasividad, de sumisión y lástima. Como si esto del Ave Fénix aplicara solo al varón, la mujer no puede renacer de ninguna ceniza, ya se quemó. La sobreviviente que transforma el dolor en militancia patea el tablero patriarcal. Las carcajadas histriónicas de la víctima empoderada dicen que hay vida después de la denuncia. Su felicidad es subversiva. Y la reacción desesperada del machismo es neutralizarla. Es que quien denuncia la violencia de género, quien renace de esas cenizas ante las miradas atónitas del machirulaje, lo está interpelando hasta la médula. Y éste sigue tirando manotazos de ahogado, en el medio de una marea feminista que lo aleja de la orilla y apaga sus hogueras.
La semana pasada, Thelma Fardin, la actriz que en 2018 denunció a Juan Darthés por abuso cuando era una adolescente fue víctima otra vez de la violencia mediática a la que Clarín nos tiene tristemente acostumbradas. Y esa nota maliciosa, donde el periodista no hace más que estigmatizarla por su denuncia, como si estuviera condenada al sufrimiento eterno, es ejemplo del intento por disociar la idea de víctima con la de supervivencia, superación y felicidad. Y aun peor, el empoderamiento y la fuerza de víctimas como Thelma también es utilizado para cuestionar y relativizar la credibilidad de su denuncia.

Derecho a revivir.
Conforme lo dice nuestra ley nacional de protección integral hacia las mujeres 26.485, las mujeres somos titulares del derecho a vivir una vida libre de todo tipo de violencias. Entre los lineamientos básicos para el diseño de políticas públicas, la legislación nacional advierte que el Estado debe crear servicios de asistencia para el fortalecimiento integral de la mujer. El Estado argentino tiene la obligación de empoderar y acompañar a las víctimas, de garantizarles una nueva vida, esta vez sí libre de violencia. Las sobrevivientes a la violencia machista tienen derecho al empoderamiento y lo están ejerciendo. Las víctimas empoderadas encontraron en los abrazos militantes las fuerzas para seguir, el amor y la compañía que faltó en otros tiempos. Ahora que la marea va apagando el fuego que las chamuscaba, se sacuden las cenizas de las alas, y renacen.

*Abogada. Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.